Más que los 29 mil homicidios y 81 mil detenidos vinculados con el crimen organizado, o las 84 mil armas, 34 mil vehículos y 650 millones de dólares decomisados a la delincuencia, la cara oculta de la llamada estrategia de seguridad es que nadie sabe con precisión qué significan esas cifras no en los comparativos internacionales sino en relación con la dimensión del problema en México.
Por consecuencia, se ha producido un fenómeno más grave, y menos medido, que es la incertidumbre acerca de cuándo y cómo terminarán esta crisis y sus efectos derivados: miedo colectivo, pérdida de autoconfianza, desarticulación comunitaria e impotencia.
En suma, lo que hoy padecemos en el país es una cierta parálisis para desempeñarnos, individual y socialmente, con absoluta libertad.
Basta ver las intimidaciones o vejaciones a que la gente es sometida en terminales, carreteras y aeropuertos o la creencia prácticamente generalizada, según las encuestas, de que cualquier ciudad en que se viva es mucho más insegura que antes, para darse cuenta de que el país vive con niveles de estrés profundamente acentuados.
Los costos de esta situación no son sólo de carácter económico ni en las vidas humanas reportadas en los informes oficiales. Hay mucho más y es el serio impacto psicológico, en algunos momentos casi depresivo, que ha llevado a las personas a organizar su vida de una manera completamente anormal, y a suponer que la desesperanza y el pesimismo ya no son efímeros sino, al parecer, un estado de ánimo rutinario.
No conozco estudios recientes que permitan medir el tamaño del desaliento en la intimidad del tejido comunitario, pero intuyo, a partir de la observación y las conversaciones habituales, que la sociedad mexicana ha entrado en una peligrosa espiral de confusión en la que no sabe exactamente a dónde vamos como país ni encuentra las coordenadas que orienten, le den sentido y hagan razonablemente comprensible el caos de la vida.
Ni mucho menos, desde luego, que aclaren, a partir de esta guerra, cuándo recuperaremos la paz o los sentimientos de alegría y confianza que nutren la cohesión colectiva.
Cuando el discurso público, mediático y académico para explicar el actual escenario de violencia en México suele centrarse, casi exclusivamente, en el ejemplo de Colombia, es inevitable recordar que ese drama, aún no resuelto del todo, tardó cuarenta años en ser neutralizado y que es hasta ahora cuando esa sociedad ha ido gradualmente recobrando la seguridad y cicatrizando las heridas.
Si es el horizonte temporal que nos espera, es verdaderamente alarmante. Y no estoy seguro si los sueños frustrados, las ilusiones canceladas o las generaciones perdidas sean el destino que merece o, peor aún, el único posible, para este país |