La temporada de sesiones en el Congreso mexicano suele convertirse en un laboratorio muy sensible para observar —e intentar analizar y entender— las motivaciones que subyacen en el comportamiento de los políticos.
Esto es algo que tiene poco que ver con la arquitectura institucional o con el marco reglamentario, aspectos donde se detienen las propuestas de reforma para mejorar el funcionamiento político de los órganos del Estado, ni sólo se explica por la obsesión del poder. Hay algo más.
La primera observación es la falta, en una parte de los políticos y con notables excepciones, de las credenciales técnicas, académicas o intelectuales para comprender temas complejos relacionados, por ejemplo, con la economía, los asuntos internacionales, el medio ambiente o las finanzas públicas.
Pero lo más relevante no es tal carencia, sino la falta de conciencia entre muchos políticos de que esa carencia existe. Es decir, con frecuencia suponen que el mero hecho de ganar una elección en un distrito, municipio o estado hace innecesaria la conveniencia de prepararse, de estudiar, de reflexionar —con información, números y datos duros— en torno a cuestiones sobre las que tendrán que decidir.
De pronto pareciera que el cargo les dota, como por ósmosis, de las competencias necesarias para subir o bajar impuestos, distribuir el gasto público, asignar recursos, construir una obra y no otra, o dictaminar sobre el futuro del cosmos, con el simple argumento de que, al haber obtenido el voto, ellos “saben” lo que quiere y necesita la gente o el país.
El segundo fenómeno es que, tras el reordenamiento producido por la normalización democrática, muchos de estos políticos se asumen en el centro del universo nacional, y esa ubicación les otorga, mediante un mecanismo típicamente narcisista, un status lo mismo para negociar presupuestos que para delinquir. Ven en la cámara, el partido o la administración una especie de placenta protectora y exclusiva que los distingue.
Como lo explica Piero Rocchini, un psicólogo que pasó nueve años trabajando profesionalmente con los miembros del Parlamento italiano: “A menudo, el diputado se identifica con su poder y no sabe reconocerse fuera de él. Vincula toda su carga emocional y sus expectativas a ese papel; fuera de él, padece la angustia de no existir”.
Finalmente, explorar los resortes psicológicos —personales, sociales, familiares— de los políticos debiera ser casi una asignatura obligatoria para saber cómo negociar con ellos, cómo crear una estructura de incentivos tal que los mueva a tomar unas decisiones y no otras, y qué tanta estabilidad poseen, por ejemplo, para gobernar.
En 1969 el psiquiatra neoyorquino Arnold Hutschnecker, quien por largos años trató médicamente al presidente Nixon, concluía que los líderes potenciales, más allá de lo puramente político, “deberían ser sometidos de antemano a chequeos exhaustivos por parte de médicos y psiquiatras para garantizar que los más brillantes sean también los más sanos mental y moralmente”.
Desde cualquier punto de vista, sería un ejercicio fascinante.
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