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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
- Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
- Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
- Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
- Embajador de México en Chile

 
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HETERODOXIAS
Vargas Llosa, el político
  Otto Granados
  og1956@gmail.com
Aguascalientes, MÉXICO, a 11 de octubre del 2010
 

Quienes pretenden descalificar las opiniones de Mario Vargas Llosa por la vía de decir que es un gran novelista —que lo es— pero que “la política no es su fuerte”, yerran de cabo a rabo porque entre los muchos merecimientos del ahora Nobel de Literatura, su apasionada y tesonera defensa de la libertad y la democracia es, claramente, una posición política, y situada, por cierto, en el lado correcto de la historia. Me explico.

Entre buena parte de la clase política latinoamericana —la mexicana incluida— ha sido una costumbre manida y facilona querer matar al mensajero ante la imposibilidad intelectual y moral de rebatir con argumentos el mensaje. Es una clase política que en la disputa por el poder y el ejercicio del gobierno se mueve con frecuencia, casi con naturalidad, no sólo en el miasma de la corrupción sino sobre todo en el de la superficialidad, la incompetencia y la ignorancia.

Poco le importa a ese mandarinato saber aquello a que, diría Mitterrand, la historia obliga, o disponer de una noción siquiera estética para manejar los asuntos del Estado, así con mayúscula. Para infortunio de los ciudadanos que lo padecen no se guía por el compromiso social ni, mucho menos, por coordenadas éticas —allí está para probarlo la caterva de tiranuelos que hoy gobiernan en países, estados, ciudades, partidos, sindicatos o universidades—, sino por la obsesión enfermiza de lucrar, en beneficio propio, con los cargos y los dineros públicos.

Combatir esos vicios, como lo ha hecho por años Vargas Llosa, es una forma de hacer política, pero una política basada en causas, en ideas, en valores y en principios en los cuales se cree y por los cuales luchar. Supone defender una manera distinta de hacer política donde la libertad del individuo, el sistema democrático, las buenas decisiones públicas y el apego a la ley son los fundamentos que hacen posible y duradera una comunidad cohesionada y una convivencia civilizada.

Todo ello es hacer política, sí, pero una política entendida como una actividad noble, que puede contribuir de manera decisiva a mejorar la calidad de vida de las personas, a promover el bienestar colectivo y a aportar dosis razonables de felicidad a la sociedad.

Atacar a Vargas Llosa porque, según dicen sus detractores, con un desprecio cercano al miedo, no sabe de política, es un recurso poco elegante, sobre todo en estos días. Pero es algo más: una posición suicida porque es ir en contra de lo que, en esencia, debe ser la política, una tarea que no se reduce a ambiciones y mezquindades —aunque inevitablemente tenga unas y otras—, sino que puede ir más allá: una misión con fines superiores.

Hace veinte años Alberto Fujimori derrotó electoralmente a Vargas Llosa. Hoy uno está en la cárcel y el otro es premio Nobel. A eso llamo estar del lado correcto de la historia. Y la política es historia en construcción.

 
Reproducido con la autorización de La Razón
 
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