Asumiendo que en 2012, como sugieren hoy las encuestas, el PRI siga encabezando las preferencias electorales con el 38% de la votación, el PAN con 20% y el PRD con el 10%, y que no habría una alianza anti-PRI, el dilema para el antiguo partido gobernante es cómo administrar su capital político y, al mismo tiempo, actuar como una oposición inteligente y pragmática que ayude a resolver desde ahora algunos de los problemas más críticos para el país y no le estallen en la cara si regresa al poder dentro de 26 meses.
Esto supone un doble desafío: uno es cómo modelar sus posiciones y decidir sobre cuestiones urgentes y concretas como la debilidad fiscal del gobierno o las reformas en relación con la inseguridad, la delincuencia organizada y los monopolios, y otro es cómo presentarse ante la ciudadanía —y ante la opinión pública internacional— con una fachada razonablemente distinta. Veamos esto último.
Todas las encuestas muestran un bajo nivel de aprobación hacia los partidos políticos en general y, en el caso del PRI, aunque hay un nivel menor de rechazo, no se ha traducido en un cambio radical respecto de su imagen en el pasado.
La explicación posible es que el electorado parece aceptar los “defectos” del PRI porque siente que el PAN no puede sacar adelante al país, porque tiene temor del PRD, y porque en una situación tan complicada como la actual piensa que no hay más alternativa.
Por tanto, las opciones del PRI en términos estratégicos son tres: no hacer nada y elegir como única variable la eficacia electoral en los comicios estatales de 2011 y cuidar que no le surja un escándalo mediático de grandes proporciones o sacrificar eficacia electoral para mejorar su aspecto aprobando, por ejemplo, reformas impopulares y costosas, o tratar de conciliar eficacia electoral y una imagen positiva.
La elección de una de ellas depende de despejar una interrogante: ¿cómo quiere verse el PRI en el contexto actual y de cara a 2012? ¿Como un partido con los vicios del pasado pero que por distintas circunstancias está en pleno repunte electoral? O ¿como un partido moderno, renovado y renovador, presentable, profesional y comprometido con una agenda nacional propia del siglo XXI?
La orientación para resolver esta encrucijada sólo puede aclararse a partir de identificar una narrativa eficaz y ejecutar las acciones que la hagan creíble. ¿Como cuáles? Lo veremos el miércoles. |