En su muy personal estilo, el presidente Calderón dijo la semana pasada sentirse “indignado” y “molesto” porque “haya ahora gente que ponga en duda el fenómeno del cambio climático”. En la perspectiva de su agenda política es válido su enojo, pero menos mal que no es el mandatario de algún país europeo o de Estados Unidos porque entonces ese sentimiento habría sido mayúsculo. Veamos.
En los Estados democráticos y modernos del mundo occidental los ciudadanos tienen la completa libertad de creer en lo que les venga en gana y decir lo que quieran siempre y cuando no contravengan la ley, y este supuesto suele ocurrir generalmente acerca de hechos que han sido plena y sistemáticamente confirmados desde el punto de vista científico o acontecimientos históricos que tienen una fuerte motivación moral, ética o política incluso.
En Estados Unidos, por ejemplo, ha habido una intensa polémica por la prohibición de incluir en la currícula escolar el “creacionismo”, esta idea que se opone a la teoría de la evolución de Darwin, y en Europa hay países en los que es delito negar el holocausto o los genocidios como el de Ruanda en los años noventa del siglo pasado.
Pero en el caso del calentamiento global o del cambio climático, que en lo esencial nadie pone en duda, la discusión ha adoptado un tono de evangelización, en algunos casos en grado de fundamentalismo, que ha dificultado una discusión más inteligente, profunda y sensata sobre sus consecuencias reales y sobre la mejor manera de hacer compatible la mitigación de sus efectos y la sustentabilidad ambiental a largo plazo con otras variables del desarrollo social, urbano y económico.
Quizá ésta sea la razón por la cual la aceptación indiscutida del asunto ha venido perdiendo adeptos en otras partes. En Estados Unidos, según el Pew Center, el porcentaje de americanos que consideraban el calentamiento planetario un problema muy grave había bajado del 44% en 2008 al 35% un año más tarde. En Gran Bretaña, de acuerdo con una encuesta reciente de la BBC, sólo el 26 por ciento cree que “está ocurriendo un cambio climático” debido al hombre, frente al 41% en 2009, y en Alemania la revista Der Spiegel encontró que sólo el 42 por ciento temía el calentamiento planetario, en comparación con el 62 por ciento en 2006.
Desde luego que todos, sin excepción, queremos un mundo mucho mejor en todos los sentidos.
Pero el diseño de políticas públicas eficaces en esta materia exige mucho más que una Verdad Revelada: demanda decisiones racionales, basadas en evidencia dura, enfoque holístico, análisis rigurosos e integrales, y un elevado nivel de acuerdo entre los distintos agentes involucrados que haga posible que en un asunto de importancia para todos, todos participen y se comprometan. |