Diversos participantes en la vida pública mexicana han elegido en las últimas semanas una modalidad calculada, aunque no nueva, de hacer política, y que consiste en distanciarse de los elementos mediáticos tradicionales, de la subasta legislativa o de la puja electoral, para promover en cambio espacios de reflexión sobre el destino inmediato del país y, desde allí, tratar de influir en las decisiones clave de los próximos tres años.
El razonamiento parte de tres supuestos.
Uno es obvio: la presidencia está de tal manera debilitada por ahora que no sólo ha perdido cualquier iniciativa para apenas concentrarse en administrar la coyuntura, sino que, incluso, parece no estar en aptitud de pensar siquiera en cómo impulsar su propio decálogo de temas relevantes que enlistó en septiembre pasado. La segunda es la creencia de que hay una especie de determinismo –a partir de la construcción mediática– mediante el cual los futuros escenarios políticos están ya prefigurados y todo es cuestión de tiempo. Y la tercera es la apuesta de que son de tal magnitud y complejidad los problemas del país que, al final del día, la porción sensata de la ciudadanía buscará a quienes puedan conducir un país que con frecuencia parece ingobernable e, incluso, inviable.
La combinación de esa sensación de vacío de poder, de la superficialidad existente y de la apelación a una presunta inteligencia del electorado ha creado las condiciones para que una colección de voces influyentes encuentre una oportunidad en el ejercicio de pensar, reflexionar y proponer, como una manera atractiva –y quizá políticamente rentable– de diferenciarse.
Éste es en buena parte el resorte que empuja iniciativas legislativas, recomendaciones de política pública, ensayos y análisis sobre las asignaturas pendientes o, simplemente, entrevistas y conferencias que den visibilidad y, sobre todo, establezcan los términos de la discusión que viene. Esta tendencia, de ser tal, plantea dos interrogantes.
Una: ¿hay que descalificar las buenas ideas tan sólo porque provienen de personas con intereses políticos legítimos? Desde luego que no. Al contrario, reemplazar el eje del estilo por el de la sustancia es no sólo saludable, sino rigurosamente indispensable para el momento en que el país tenga que tomar sus decisiones. La otra: ¿pueden esos actores, en apariencia tan distintos, estar relacionados entre sí por una coincidencia de objetivos políticos de mediano plazo? Muy probablemente, y abriría una zona de convergencia entre políticos, intelectuales, periodistas y empresarios que ofrezcan una alternativa relativamente novedosa en las opciones públicas.
Los próximos meses –con numerosas elecciones estatales, buena cantidad de recursos económicos disponibles, un partido gobernante muy debilitado y una ciudadanía tan desencantada como confiada en que surja algo nuevo– serán reveladores de una correlación de fuerzas políticas que, tal vez, esté moviéndose en otra dirección.
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