En la década de los años 30´s, México agonizaba en medio del caos, el egoísmo, la corrupción y la ambición desmedida de un gobierno avivado por el desaliento y apatía de un pueblo que, hundido en la miseria, tradicionalmente vivía resignado a su destino sin esperanza alguna y perdiendo poco a poco sus valores nacionales.
Y entonces, cuando muchos querían un nuevo caudillo, surge un grupo de universitarios humanistas encabezados por el licenciado Manuel Gómez Morín, que en medio de los odios desatados, aún confiaban en los valores eternos para rescatar esas conciencias y despertar a un país dormido por mandato.
“Con levantada convicción de justicia y de verdad”, y comprometidos con su generación y con las generaciones futuras, empezaron a moverle el alma a la gente, tatuándoles la idea de que los males que aquejaban a México sí tenían remedio y que era un mentira que esos males fueran una parte inevitable del destino nacional.
Así, con el oído atento al palpitar del país y apostando el alma por aquel México crucificado, deciden comenzar a cambiar la historia, arriesgándose con visión y audacia a vencer el caos con el orden y el egoísmo con generosidad, dando pie al inicio del orden democrático y a la fundación de un verdadero partido político, cuando en esa época esto parecía casi imposible.
Y no sería un partido de caricatura, ni un club electoral al vapor, tampoco una organización efímera, ni un grupúsculo movido por intereses particulares. Esta sería una organización que trascendiera el tiempo y las circunstancias, y a la cual, se uniera el hombre libremente.
“El país -decía Gómez Morín-, no necesita de una acción fugaz y transitoria, sino una acción permanente que haga valer en la vida pública la condición del hombre integral”.
Con esto, y sin más límite que la auténtica intención de superar el odio, el dolor y la intolerancia, el 16 de septiembre de 1939, en aquel Frontón México, nace un movimiento cuyo lema era en sí, una respuesta a todos los anhelos.
Ese movimiento era Acción Nacional. Lo que vino después ya son 70 años de camino. Un camino que ha sido trazado con el coraje, con la decisión, con el valor y con la generosidad de miles de hombres y mujeres a lo largo de estas siete décadas.
Sin embargo, también hubo en esta historia épocas de desilusión y agotamiento ante la adversidad y ante la indiferencia ciudadana. Pero aquellos hombres, con la fuerza iluminadora de la razón, siguieron luchando, porque consideraban que negarse a hacerlo era una grave traición moral. Y por el contrario, continuaron con su obra hasta lograr su primer gran conquista: la plaza pública, desafiando con heroísmo a los grandes caciques de la época cada vez que se subían a los kioskos para hablarle de democracia al pueblo.
La reacción de los caciques fue arrebatarles triunfos, desaparecerles candidatos y perseguirles a balazos. Sin embargo, a pesar de ello siguieron adelante en el esfuerzo, hasta que ganaron posiciones y contiendas y llegaron a ser reconocidos como una verdadera oposición y como un partido que ofrecía respeto a la voluntad ciudadana.
Pero no sucedió todo esto por azar, sino gracias a las personas, que son los cimientos, el origen y destino de esa idea que dio vida a Acción Nacional. Una idea que no fue esculpida en el vapor, sino en el alma del hombre que la puede solidificar y hacer realidad. Porque viendo los tiempos, Acción Nacional no es una obra terminada, sino una inspiración que llama a “reiniciar la obra cada día”, con nuevos esfuerzos, audacias y esperanzas.
Por ello, que estos setenta años sean ocasión de evaluación y de renovación y que sea momento de hacer un alto y reconocer que aún falta mucho por hacer y muchas huellas que retomar con humildad. Para tal efecto, evoco un párrafo del discurso que Don Luis H. Álvarez dio el 24 de febrero de 1989, en el Teatro de la Ciudad de México, al inaugurar los festejos del Cincuentenario de Acción Nacional, con la esperanza que los panistas de hoy asuman el compromiso histórico que les corresponde: “Acción Nacional no puede concebirse a sí mismo como un castillo de pureza asediado, ni como una empresa pragmática movida por el apetito de poder, ni como un departamento de ingeniería electoral sin ideales. Tenemos que ser audaces como Gómez Morín; vivir arriesgando lo que sea necesario para que el ideal se haga vida, para que el sueño se convierta en fecunda realidad”.
¡Ojalá y los dirigentes de hoy puedan retomar unas cuantas ideas del ayer!
Hasta la próxima. |