Ahora que el PAN está celebrando el 70 Aniversario de su fundación, veo con tristeza que sus dirigentes, tanto estatal como municipal, se han vuelto a olvidar de la conmemoración del noveno aniversario del fallecimiento de uno de sus más grandes doctrinarios, de un referente axiológico fuera de lo común y tal vez, el último ideólogo en este partido: Carlos Castillo Peraza.
Fue un filósofo moderno reconocido por propios y extraños, que hoy es echado de menos en estos días tan aciagos y tan carentes de identidad en su partido, por lo que no puedo dejar pasar la oportunidad de hacer este pequeño reconocimiento a quien, el 8 de septiembre del 2000, falleciera en Alemania, a pocos días del triunfo de Vicente Fox.
Carlos Castillo Peraza fue un hombre cuyas cualidades, legado y trascendencia, lo hacen merecedor de muchas distinciones y siempre se le reconoció por sus aportaciones en todos los ámbitos de la vida.
Se atrevió a imaginar el mañana
Fue un hombre que se atrevió a imaginar el mañana y que buscó ir siempre adelante con generosidad y alegría.
En su acontecer, labró relaciones con políticos de todo el mundo, especialmente con destacados hombres públicos latinoamericanos; además de dedicarse a dar cursos y conferencias alrededor del orbe, que contribuyeron al desarrollo y actualización del pensamiento humanista.
Fue un pensador y filósofo que en la última etapa de su vida, ante la encrucijada de optar entre la militancia partidista y la vocación de intelectual, quiso ser fiel a sí mismo sin abandonar sus convicciones y guardando lealtad a su propia obra política. Por ello, y por su amor al PAN, se retiró de él porque creía que ya no podía dar más.
Decía que después de ser presidente del partido sólo le restaba serlo de la República, “y eso no voy a hacerlo”, por lo que se dedicó de lleno al trabajo intelectual, logrando trascender por sus acciones, por sus escritos y por sus valientes posiciones públicas, como aquella que le espetó al sistema diciéndole: “Al morir, estaré muerto pero no humillado. Seré cadáver, pero no gusano”.
Carlos Castillo Peraza fue un profeta en su tierra, Yucatán, donde fue un luchador tenaz, un fecundo maestro, un activista silvestre, un evangelizador católico, pero también fue un viento fresco que recorrió de lado a lado su estado tratando desembrar en la arena movediza del más furioso cacicazgo, la semilla de la democracia que más tarde regaría en todo el país a través de Acción Nacional.
Disidente constructivo, duro en el juicio y generoso en la propuesta
Fue un disidente constructivo, duro en el juicio, pero generoso en la propuesta, tal y como se refleja en su obra Disiento, donde expresa: “…Disiento de quienes prefieren no hacer nada y mantener a los mexicanos en estado de sobreviviente… Disiento de quienes se erigen en jueces, porque sé y reconozco que no soy inocente… Disiento de quienes no se permiten perdonar, porque soy consciente de que yo también necesito ser perdonado…”
A él, se debe la distinción entre globalización y mundialización, que tanto reclamaba nuestro tiempo. Hizo entender que mundialización es el hombre en lo universal, la corriente que une e identifica y que es dañada por la globalización, que es la ambición económica desatada por los mercados para abarcarlo y comprarlo todo, pervirtiendo los valores y sometiendo despiadadamente la vida humana.
Castillo Peraza, desde la trinchera de Acción Nacional, supo unir pensamiento y acción, filosofía con estrategia. Fue un dirigente político que nunca se dejó arrastrar por el protagonismo lucidor, pero hueco; rechazó la práctica de la estridencia para ganar las ocho columnas del día siguiente y prefirió la actuación responsable, pero eficaz.
“El PAN no necesita verdades sexenales, sino una verdad permanente a la cual servir”
Fue él quien, vaticinando un poco los tiempos que se avecinaban para su partido, comentaba con nostalgia al ver la nueva sede del CEN del PAN: “Ojalá y este edificio no se convierta en nuestro mausoleo”. Porque estaba convencido que no todo era obtener el máximo cargo de la República, sino que creía que Acción Nacional tenía que pensarse como partido interclasista al servicio de los más necesitados, de los que más tiempo han esperado, de las víctimas de siempre. Y no verse a sí mismo como instrumento de presión en manos interesadas para defender privilegios. Nunca dudó de que el partido no necesitaba verdades sexenales que le sirvieran, sino una verdad permanente a la cual servir: la dignidad de la persona humana.
Fue un demócrata incomprendido que no se dejó arrastrar por nadie, tal y como lo menciona en su frase de campaña por el D.F., que decía: “Apostemos por nosotros mismos”, porque él apostó por la vida, por sus ideales, por su patria y siempre por su Dios; y sus ganancias fueron el conocimiento, la palabra, la generosidad, la lealtad, la alegría, la perseverancia, la confianza y el amor. Y aunque en esa ocasión no ganó, ¿quién puede perder así? ¿Quién puede ser olvidado así?
Ahí se las dejo a quienes se anuncia como los “nuevos sabios” del PAN.
Hasta la próxima, en el mismo tenor.
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