Al igual que cualquier otro mecanismo de desarrollo y generación de empleo, la incubación de empresas no está exenta de dificultades. Por un lado, se requiere de un modelo sólido, con un grupo de expertos en áreas tan diversas como la administrativa, las finanzas, los aspectos legales, la producción y la mercadotecnia, entre otros, que en algunos casos, la consolidación de un equipo de asesores capaz de generar valor al proceso de creación de empresas se torna en el mayor obstáculo para el afianzamiento de las incubadoras.
Por otro lado, y sin ser necesariamente un problema inherente a la conformación de las incubadoras por si mismas sino a un aspecto más bien de carácter cultural, el modelo de incubación demanda de empresarios con espíritu emprendedor, con hambre de innovación y deseos de salir adelante, y con la sensatez suficiente para reconocer que siempre existen posibilidades de fracasar, pero que lo importante es no desfallecer en el intento, siempre con el objetivo final fijo.
Para analizar esta problemática, vayamos punto por punto. En primer lugar, con lo relacionado al desarrollo de modelos sólidos de incubación, se está haciendo mucho al respecto en el país, y son diversos los actores que participan en el proceso. El gobierno federal, a través de la Secretaría de Economía (SE), y en conjunción con los gobiernos estatales, dispone del Fondo PYME para el apoyo a la generación de empleo por medio del desarrollo de la competitividad de micro, pequeñas y medianas empresas, mismas que generan el 40% de la riqueza nacional, así como dos terceras partes de los empleos formales del país.
Esfuerzos oficiales para apoyar e surgimiento de nuevas empresas
El año pasado simplemente, los fondos de garantía de crédito destinados a atender las necesidades de las más de 25,000 empresas apoyadas por la SE ascendieron a 762 millones de pesos. Adicionalmente, el año en curso se estableció el Sistema Nacional de Incubación de Empresas. En la actualidad existen 230 incubadoras en México, y el Fondo PYME ha dispuesto -en alianza con universidades, organismos empresariales, instituciones educativas públicas y privadas- recursos por 130 millones de pesos, que se espera apoyen el surgimiento de 4,000 nuevas empresas y más de 9,000 empleos en el país, así como el robustecimiento de muchas de las incubadoras que ya se encontraban operando con anterioridad.
Otras acciones del gobierno federal para impulsar la creación y el fortalecimiento de este sector son la modernización de Nacional Financiera, que ha modernizado sus procesos, reduciendo costos y generando utilidades, pasando recientemente de 15 mil a más de 450 mil empresas atendidas este año. Recientemente, las instituciones bancarias han intentado – no siempre exitosamente – propiciar la reactivación del crédito con esquemas flexibles, comisiones bajas y tiempos de respuesta rápidos.
La puesta en marcha, en 37 ciudades y municipios del país, del Sistema de Apertura Rápida de Empresas, pretende eficientar los procesos administrativos relacionados con este proceso, de 56 a 2 días hábiles. Hasta hoy, son 24,000 las empresas que han abierto con este sistema. Por su parte, los estados y municipios han realizado grandes esfuerzos en este sentido, aumentando en años recientes los fondos de apoyo para la creación de empresas, de forma que el financiamiento y oportunidades de apoyo han dejado de ser una excusa para quien realmente tiene la idea de abrir una empresa.
Empresa y negocio no son lo mismo
Lo anterior nos lleva a la segunda problemática que las incubadoras enfrentan –auque se trata, más bien, de un fenómeno que se extiende a casi todos los sectores del país-, el desarrollo del espíritu empresarial. El empresario debe entender que hacer empresa no es lo mismo que hacer negocios. La diferencia es radical entre uno y otro enfoque y estriba en la búsqueda de la continuidad. Como ejemplo, si una persona vende un auto usado a otra, y en el proceso genera una ganancia de, digamos, 8,000 pesos, podemos hablar de que el individuo hizo un buen negocio. Sin embargo, si en este negocio no hay la característica implícita de repetitividad, no es posible hablar de que se está haciendo empresa. La empresa, entonces, posee el atributo de la continuidad.
En México estamos llenos de buenas intenciones, y un gran porcentaje de la población sueña con enriquecerse de la noche a la mañana por muy diferentes vías. Es por ello, tal vez, que soñamos con un buen negocio, pero no estamos dispuestos a hacer empresa; queremos llegar al cielo pero no estamos dispuestos a morir. Ansiamos ser millonarios, pero no estamos dispuestos a experimentar las vicisitudes inherentes a la creación y mantenimiento de una empresa.
Un individuo con cultura empresarial sabe que todo tiene costos, que todo implica riesgos. Y así, cuando inicia un proyecto de empresa, está consciente que la posibilidad del fracaso siempre está presente, por lo que buscará a como de lugar, los medios para reducirla. Un beisbolista exitoso es aquel que tiene un porcentaje de bateo superior a los 300; lo cual quiere decir que sólo en 30 de cada 100 ocasiones que se para al plato, batea de hit. En el mundo empresarial, los índices de porcentaje de éxito muy probablemente no sean muy distintos.
El caso del Coronel Sanders: emprendió a los 65 años
Un ejemplo ilustrativo de lo anterior lo encontramos en el caso de Kentucky Fried Chicken. A los 65 años de edad –leyó bien, seis, cinco-, después de haber servido en el ejército de los Estados Unidos, de haber tenido diferentes trabajos como taxista, cocinero, bombero, agente de seguros, practicante de derecho -que estudió por correspondencia-, chofer de un ferry, vulcanizador y encargado de una gasolinera, el coronel Harland Sanders habría de arrancar su hoy mundialmente conocida franquicia de pollos.
Entre muchos otros, el factor de éxito en el caso Sanders fue la persistencia, elemento distinguible a leguas en aquella persona que busca hacer empresa. Por el contrario, refiero al lector un fenómeno que observé en una región de la ciudad, hace un par de años, cuando diariamente me dirigía a mi trabajo. Solía ser esta una zona poco transitada, que de la noche a la mañana fue absorbida por la mancha urbana, con las implicaciones que ello conllevaba. Fue así como un día, sin darme cuenta, empecé a notar el brote de tiendas de abarrotes en la zona. No tengo absolutamente nada en contra de estos establecimientos, pero cuando entre uno y otro hay de 30 a 60 metros de distancia, y en un radio de 1 kilómetro encuentra se sitúan diez o más de estas tienditas, algo anda mal.
Si todas ellas venden los mismos tipos de producto, por ejemplo, el litro de leche de la tienda A es el mismo que el de la tienda B, y los precios son los mismos de establecimiento a establecimiento, ¿qué diferencia o valor agregado puedo obtener de comprar en uno u otro? ¿Estará dispuesta la señora que vive a cuatro cuadras a visitar mi tiendita cuando en el camino hay otras ocho que le quedan más cerca? Salvo porque la dueña de esa tiendita sea su comadre, no parece haber una razón lógica para pensar que el negocio prosperará y acabará con la competencia, ¿o sí?.
Se requiere de un enfoque eficaz y dirigido al crecimiento
La apertura de changarros pareciera ser nuestro deporte nacional, aún a pesar de saber que esa no es la forma para salir del proceso de pérdida de competitividad en que, en años recientes, hemos caído. Por el contrario, requerimos que empresarios, gobierno e instituciones educativas establezcamos un enfoque verdaderamente eficaz y dirigido al crecimiento, y que sea el desarrollo de las empresas lo que permita la permanencia y el juego natural en la competitividad. Aún con los mejores modelos de incubación, si no existe la cultura empresarial, no podemos esperar grandes resultados de las incubadoras de empresas, a pesar de que su número se incremente año con año, como ha venido pasando de 2000 a la fecha. Hace falta, entonces, una visión estratégica, con una dinámica económica y un enfoque integral.
Para contrarrestar esto último, fomentando el desarrollo de una cultura empresarial en el futuro profesionista, las instituciones de educación superior han respondido de diferentes modos. En el caso del Tecnológico de Monterrey, una de las medidas tomadas ha sido el lanzamiento de la carrera de Licenciado en Creación de Empresas, única en su tipo entre las universidades mexicanas, mediante la cual se busca dotar al alumno de las herramientas necesarias para abrir y administrar empresas, además de proveerle de un taller controlado para ello mediante la incubación de su propia empresa durante los últimos dos años de sus estudios profesionales.
La Secretaría de Economía, por su parte, ha arrancado el Sistema Nacional de Mentores, en conjunción con Jóvenes Futuros Empresarios por México (JEMAC), programa que funciona como una incubadora de empresarios, ofreciendo asesoría y capacitación a estudiantes de instituciones superiores que pretendan crear una compañía. En la primera fase de este proyecto han participado las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma Metropolitana y del Valle de México, así como en la Escuela Bancaria y Comercial.
De tal forma que se están realizando esfuerzos por abatir esta carencia de cultura empresarial, aunque sin lugar a dudas, a estas acciones deben sumarse muchas más, provenientes de todos los sectores, que retomen el camino hacia la búsqueda de la competitividad. Paralelamente, debemos trabajar en la instauración de una economía del conocimiento, donde el conocimiento se transfiera y se reduzca la brecha digital. Por ello, las incubadoras deben centrar sus esfuerzos en la incubación de proyectos innovadores que incorporen desarrollo de tecnologías.
Si queremos formar parte del futuro, tenemos que ir adaptándonos a los retos que la economía global presenta, no ya con una actitud de mantenernos al día o socavar los problemas inmediatos, sino convencidos de que estamos llamados a ser protagonistas, de acuerdo con nuestras posibilidades, en este nuevo orden mundial.
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