2009 fue nombrado como el Año Internacional de la Astronomía, y a unos días de que termine hay un libro que ya es considerado por quienes conocen del tema como la guía definitiva sobre la revolución que trajo consigo el telescopio. En inglés lleva por título Seeing and Believing.
Este libro, escrito en el año de 1998 por Richard Panek, habla de cómo el telescopio cambió la historia y de cómo tres hombres supieron aprovecharlo para situar a la Humanidad en el universo.
Si Usted quiere saber cómo se diseña un telescopio o sobre los últimos adelantos, este libro no le ayudará, pero será una buena guía si lo que desea es conocer más a fondo de un instrumento que trajo consigo una verdadera revolución científica.
El libro en cuestión permite descubrir que no es del todo cierto aquello que nos enseñaron en la escuela de que Galileo “inventó” el telescopio en 1609. Ya en 1267, Roger Bacon predijo sobre las “maravillas de la visión refractada”, pero además, tres décadas antes que Galileo, al menos dos escritores dedicaron muchas horas a observar a distancia mediante el uso de algunos lentes.
Y tampoco Galileo fue la primera persona en observar los cielos a través de un cristal-espía. Se le adelantó por algunos meses el inglés Thomas Harriot, quien sin embargo no lo hizo del conocimiento público. Pero no por ello hay que retirar a Galileo el mérito de haber usado en noviembre de 1609 dos lentes introducidos en un cilindro que le permitieron observar que la topografía de la Luna era parecida a la de la Tierra, que Júpiter tenía satélites y que el Sol tenía manchas.
El autor del libro ofrece un relato vivo sobre la cosmología medieval a la que dieron un vuelco espectacular Copérnico, Kepler y Galileo. También recuerda con qué seguridad Galileo pregonaba a diestra y siniestra que él había descubierto todo lo que había por descubrir. “A mí me fue permitido descubrir todos los fenómenos del cierlo y a nadie más”, decía y más de una persona le creyó, mientras la mayoría estaba convencida de que el ojo era un mejor instrumento para observar los cielos que dos vidrios incrustados en un tubo.
Otras personas también hicieron aportaciones importantes. Tal el caso del astrónomo danés Ole Romer quien predijo un eclipse tras haber calculado los cambios de las órbitas de la Tierra y de Júpiter. Acertó en pronosticar que sería visible 10 minutos después de lo estimado, y con ello estableció que la luz se movía a una velocidad de 225 millones de metros por segundo. Hoy se considera que estuvo muy cerca de la cifra exacta, sobre todo por el tipo de relojes e instrumentos que usó. Actualmente se establece en 299 millones de metros por segundo la velocidad de la luz.
En fin, al proseguir con su relato, Richard Panek nos recuerda que un descubrimiento tan revolucionario como el telescopio ha sido posible por la colaboración que a través de varios siglos se ha dado entre gente entusiasta por adentrarse en los secretos del universo. |