Aguascalientes, Ags.- La historia está llena de paradojas. Nadie se hubiera imaginado, hace 15 o 20 años, que un encuentro entre países de América Latina y Europa, como el que bajo un mecanismo regional se celebrará estos días en Chile, se produjera en medio de circunstancias políticas, sociales y económicas distintas.
América Latina era un paisaje compuesto de crisis macroeconómicas, inestabilidad política, regímenes predemocráticos y pobreza generalizada. Como lo ilustró con humor macabro Moisés Naim en un artículo de hace una década: “En 2003, América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras: nada nuevo”.
Hoy, con la excepción de la pobreza, que muestra aún señales dramáticas, y de la política, que siempre es feroz, el resto de esas variables han cambiado razonablemente y, después de Asia, la región parece ofrecer a nivel global expectativas mucho más optimistas que, por ejemplo, los países europeos con los que se reunirá estos días. Pero ¿es este un camino irreversible? Ciertamente no y América Latina y el Caribe tienen todavía un trecho demasiado largo por recorrer para alcanzar niveles de desarrollo más o menos equitativos y sostenibles. Veamos.
El escenario a corto y mediano plazo es complejo. La incertidumbre financiera internacional; los problemas domésticos en la política norteamericana; la delicada situación de seguridad nacional en Centroamérica; los reacomodos geopolíticos en América Latina; el crecimiento de la presencia de China y la India en la región; el debilitamiento de algunos de los mecanismos regionales y la emergencia de otros como la Alianza del Pacífico, son parte de una arquitectura en construcción y cuyos impactos en la configuración futura de América Latina y el Caribe son un acertijo.
Más allá de la percepción histórica, del tejido cultural y de las redes sociales, tecnológicas y mediáticas, desde el punto de vista económico y político, la región está lejos de representar un conjunto de países vinculados por intereses concretos, normas comunes o políticas compartidas, y, por ende, es probable que veamos en las próximas dos décadas que temas tales como la inserción internacional efectiva de cada país, la naturaleza de sus modelos económicos o las pretensiones de liderazgo regional serán mucho más influyentes como factores de diferenciación que de cohesión regional.
Quizá lo que probablemente tendremos será una colección de países o de grupos de países identificados por la similitud de sus regímenes políticos, por sus formas de integración comercial y económica, por sus grados de vinculación global, por los niveles de conectividad ciudadana con otras comunidades sociales, tecnológicas y culturales extrarregionales, y por las distintas velocidades con que irán proporcionando, cada uno de ellos, más y mejores bienes públicos a su población.
La nueva paradoja estribará en que América Latina, para ser potente, quizá deje de ser región, al menos como la concibieron, en el pasado, sus líderes políticos y sus intelectuales orgánicos.