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HETERODOXIAS
Responsabilidad, filantropía y caridad: ¿existe en México?
2013-01-11

Aguascalientes, Ags.- Con notables excepciones, el mexicano rico parece ser poco desprendido.

Por regla general, el sentido de riqueza ha estado asociado en la tradición católica al sentimiento de culpa.

Se piensa que acumular dinero es mal visto, pecaminoso y por supuesto impide que el camello pase por el ojo de la aguja. Pero esa actitud entra en conflicto con la creencia de que hay que dar porque de alguna manera pavimenta el camino de los cielos; de allí por ejemplo nacen las donaciones a los asilos, los regalos de comida a veces caduca, las contribuciones a personas con capacidades diferentes o las herencias a la iglesia; en suma, la caridad como forma de salvación por la vía del menor esfuerzo monetario.

En algunas regiones, particularmente en la ciudad de México, con una tradición más liberal, o en el norte del país, con un sentimiento conservador pero una cultura aparentemente próxima a cierta ética protestante, esa caridad ha sido reemplazada por una mezcla de filantropía y, más recientemente, de responsabilidad corporativa, de donde derivan las donaciones muy cuantiosas a la educación o la salud porque se asume que son inversiones buenas para la comunidad.

El problema consiste en cómo hacer compatible la necesidad de elevar el capital social, el cual se enriquece con la participación voluntaria de los ciudadanos en tareas no lucrativas, y la convicción de que la decisión de dar es rentable colectivamente.

En realidad, México nunca ha tenido una verdadera cultura filantrópica sino más bien gestos de caridad individual o a veces comunitaria. Las investigaciones del Proyecto de Filantropía del ITAM, por ejemplo, mostraron hace tiempo que el llamado “tercer sector” es casi inexistente en México (apenas 0.4 por ciento de la población económicamente activa participa en él contra un promedio internacional de 5 por ciento), y que, en general, sus aportaciones son ineficaces para mejorar las capacidades básicas de la población o incrementar los niveles de productividad social porque, según las encuestas, se concentran básicamente en dar limosnas en la calle, regalar ropa que ya no usan o alimentos que sobran, y participar en campañas tipo Cruz Roja.

Aun siendo gestos apreciables, la evidencia sugiere que son preferibles las donaciones para las buenas universidades, la educación de alta especialidad o para financiar proyectos de investigación médica o científica, puesto que tienen una tasa de retorno social mucho más considerable, ofrecen soluciones concretas a problemas comunitarios, se pueden medir mejor y tienen un impacto mucho más amplio que las acciones de tipo convencional.

Pero hay una segunda consecuencia, relacionada con la meritocracia, que se observa en la manera en que se transmite la riqueza. En México parece raro heredar los bienes a instituciones que no sean parte de los clanes familiares, lo que impide inculcar en los hijos la cultura del esfuerzo, del trabajo y los méritos propios, lo que claramente debilita una buena formación ciudadana. Nos falta mucho, sin duda, para ser una verdadera sociedad cohesionada por méritos y valores.

 

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Reproducido con autorización del periódico La Razón
 

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