Las declaraciones del arzobispo Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en el sentido de que en el Vaticano “tenemos que ser capaces de verificar” cómo la carrera delictiva de Marcial Maciel contó con el encubrimiento de los altos cargos de la Legión de Cristo es reveladora del complicado laberinto en que se encuentra el papa Benedicto XVI para encontrarle una salida a esta historia de dinero, abusos, sexo y poder.
El problema más visible, pero quizá no el más importante a ojos del Vaticano, es desde luego el costo mayúsculo para la reputación de la Iglesia católica en términos de los valores que dice defender y de la pureza doctrinal con que el Papa ofreció limpiar la “suciedad” de la institución.
Pero la dimensión del escándalo ha sido tal que da la impresión de haber descolocado el cálculo con que el Vaticano supuso neutralizar la crisis. Hace algunas semanas, por ejemplo, el delegado papal, Velasio de Paolis, pareció tender un puente de plata a los aliados de Maciel al emitir una carta conciliadora respecto del futuro de la congregación y de sus aún administradores de la congregación. Hoy, sin embargo, la afirmación de Fisichella reorienta las investigaciones e involucra, con toda razón, a éstos. ¿Qué pasó? ¿Qué está ocurriendo en las investigaciones en curso que hicieron necesaria esta advertencia? En estas mismas páginas, en junio pasado, me preguntaba si dentro de la Legión nadie se enteró de cómo su fundador abusaba de menores, cómo conoció a sus mujeres, cómo mantenía a sus familias, cuándo las visitaba, cómo administraban el dinero que recaudaba y quién lo recibía y transportaba, cómo lo documentaban fiscalmente y cómo iba a parar a Integer, el brazo financiero de la organización.
A estas alturas es más que evidente que los cercanos a Maciel —Álvaro Corcuera, Luis Garza, Evaristo Sada y Eduardo Vigneaux, entre otros— sabían de todo ello y que, por omisión, complicidad, resignación o temor, participaron. Y donde está su vulnerabilidad está también su fortaleza: nadie mejor que ellos conoce y controla los activos inmobiliarios y empresariales y la complejísima ingeniería financiera de la Legión, el aspecto por cierto más atractivo para el Vaticano en el corto plazo.
La gran interrogante ahora, y donde está el nudo gordiano, es cómo reducir los enormes daños en la imagen de la iglesia, cómo aprovechar la parte rescatable de la Legión —sacerdotes, consagradas, obras, escuelas, misiones— que haya quedado y, sobre todo, cómo transferir al Vaticano el manejo y dominio de las finanzas.
Es probable que no vaya quedando sino una sola opción: desintegrar a a la Legión como tal y reubicar sus piezas en distintas áreas de la estructura vaticana y eclesiástica, y decapitar, una vez que Roma tenga el control, a la nomenclatura de Maciel. Mientras eso ocurre, el detritus seguramente continuará escurriendo por las paredes de una casa que alguna vez se propuso extender el reino divino en la tierra. |