Mal acostumbrado el mundo a los excesos mediáticos de su antecesor, que hizo de su papado una especie de “rock star system”, y a la superficialidad de muchos clérigos y observadores de la vida pública, o bien reducido el espacio analítico a los interminables y graves escándalos de pederastia y abusos que han estallado estos años al interior de la Iglesia católica, el pensamiento de Benedicto XVI acerca de otros temas ha recibido escasa atención.
El discurso que pronunció, por ejemplo, en Westminster Hall durante su reciente visita a Gran Bretaña, es especialmente interesante no sólo por su habitual sofisticación intelectual, sino porque plantea interrogantes al menos inquietantes acerca de los fundamentos éticos y los dilemas morales —si algunos— que deben orientar la vida política.
“Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático —dice el Papa— no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”. Aunque en esta afirmación subyace claramente la insinuación de que las convicciones religiosas tengan cabida en las decisiones de los políticos, una discusión antigua, en el fondo el mensaje papal, leído de manera elíptica, tiene algo de razón al proponer que en política debe haber ciertos valores y, como citó Ratzinger, un “instinto de moderación”.
Es verdad que, como toda religión, tiene pretensiones totalizadoras y busca crear en la experiencia humana visiones únicas y verdades absolutas, de las cuales derivan lo mismo la necesidad individual de creer en algo y de trascender que los conflictos por la hegemonía de las creencias religiosas, es explicable que quiera también formular un código de conducta para quienes tienen en sus manos las decisiones públicas.
Pero más allá de que, por fortuna, el laicismo es una garantía de libertad y civilidad y una definición del papel del Estado frente a las diversas creencias, no debiera producir temor discutir la necesidad de que, además de las leyes e instituciones, los políticos enriquecieran su conducta internalizando y practicando unos principios mínimos que tienen que ver con la mesura, con el sentido del deber, con el recato, con la sanción popular y ciertamente con la moderación.
Es bien sabido que la política es esencialmente un asunto de poder, sí.
Pero cuando ella se reduce, única y exclusivamente, a eso, como lo vemos todos los días en este México, y no hay unos fines de mayor profundidad moral, el liderazgo político termina vaciándose de legitimidad, pierde credibilidad, mina la confianza y, al final del día, termina lesionando al destinatario central de la política que es el ciudadano. |