Hay algo raro en esa tendencia a no aludir o no cuestionar personas, comunidades, temas o religiones, entre otras cosas, con el pretexto de lo políticamente correcto.
Ahora resulta que como todos debemos vivir en una armonía civilizatoria regida por el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño, entonces no hay que criticar nada que contradiga costumbres abominables, creencias disparatadas o comportamientos irracionales porque están justificados por los usos en boga, los textos sagrados o la cosmovisión de los pueblos antiguos.
Con ese criterio, hay que pasar por alto, por ejemplo, la lapidación de Sakineh, condenar las caricaturas del dibujante holandés que se mofó del profeta, comprender y tolerar el asesinato de Theo Van Gogh o justificar a los indígenas bolivianos que lincharon a unos policías en aplicación de lo que llaman su “justicia originaria”.
En este sentido, la reprobación norteamericana y europea a la fallida incineración de ejemplares del Corán que había anunciado el pastor Terry Jones a propósito del 11-S es el último episodio, si bien ridículo, de una reacción que, por privilegiar la superficie, opaca la sustancia. Veamos.
Es desde luego un poco demencial que un integrista cristiano, por lo demás irrelevante, busque rentabilidad propagandística queriendo quemar copias del texto islámico. Los medios internacionales informaron a rabiar del dicho, el mundo político entero se le vino encima y el pastor, finalmente, reculó. Mientras tanto, en unos pocos días, el nombre de Terry Jones produjo 10 millones 400 mil entradas en Google.
Por los mismos días, un grupo integrista islámico llamado Boko Haram atacó una cárcel en Nigeria, mató un soldado, dos celadores y un civil y liberó a los 721 presos que había, la mayor parte integrantes de esa secta. A diferencia de la comedia del señor Jones, los medios prácticamente no reportaron este incidente, ningún líder alzó la voz y en Google aparecieron tan sólo 2 mil entradas al respecto.
La conclusión es que da la sensación de que existe un doble rasero para juzgar las cosas, y de muchos modos esa actitud mina la construcción de un código de valores que sea mínimamente compartible entre sociedades heterogéneas. Es cierto que, por más globalidad tecnológica y cultural que haya, cada pueblo es distinto, tiene múltiples intereses, sentimientos variados de pertenencia e identidades superpuestas. Y eso hace fascinante la diversidad humana.
Pero hay valores como la libertad, el pluralismo, la democracia, el laicismo o la solidaridad, que sirven para crear un piso común donde coexista civilizadamente lo diferente.
Cuando las motivaciones políticamente correctas tratan de esconder el polvo bajo la alfombra, lo que en realidad ocurre es que inhiben la construcción y consolidación de ese piso común en el que todos quepan por más distintos que sean. Lo que necesitamos no es más hipocresía, sino más crítica, más pluralismo y más libertad |