Hubo una época en que don Carlos de Sigüenza y Góngora y el padre Francisco Xavier Clavijero desfilaron por los pasillos del Colegio de la Compañía, que siglos después sería la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
Otra en la que don Luis Rivera Terrazas fundó la primera escuela de Física en el interior de México y, más tarde, hacia los años setenta, cuando junto con don Alfonso Vélez Pliego convirtieron a la BUAP en un espacio de activismo de esa izquierda militante, que pedía un mundo mejor. Como quiera, la BUAP tuvo rectorados con una historia lustrosa.
Hoy, en cambio, parece escandaloso el grado de descomposición que distintos medios de comunicación han evidenciado y documentado por la presunta corrupción del actual rector, Enrique Agüera, y que, en cierto modo, es revelador de lo que podría estar ocurriendo, quizá, en otras universidades.
Agüera es señalado por los medios de haberse enriquecido de manera por completo inexplicable mediante adquisiciones inmobiliarias aparentemente fuera de su alcance salarial, de realizar algunas de esas operaciones en efectivo (una por 3 millones de dólares), de trasladarse sin problema en aviones y helicópteros privados o de poseer otra universidad, lo que en sí mismo no sería ilegal aunque indica un claro conflicto de interés frente a la BUAP.
Los videos mostrados, por ejemplo, por el programa televisivo Punto de partida la semana pasada (http://www.youtube.com/watch?v=cLgv0f7Krv4) no sólo arrojan información sobre las presuntas tropelías de Agüera, sino que sugieren un comportamiento de tal vulgaridad que contradice por completo el sentido de mesura que, se supone, debiera tener quien dirige una institución educativa.
Los rectores de las universidades son, en el interior del país, una especie de obispos laicos. Se les consulta a propósito de cualquier tema; se les invita para cuanto evento se realiza; se les adula, teme o utiliza, y pasan por ser, teóricamente, personas con un ascendiente moral y cultural sobre la comunidad. Si bien sus instituciones no son un gobierno, una Iglesia o un partido, actúan de varios modos como tales.
Por ende, observar el descaro con que se ha conducido el rector poblano no sólo arroja elementos que pueden ser constitutivos de delitos ni sólo son reveladores del derroche que hace un organismo público con los dineros del contribuyente, sino que, además, destruye los niveles de confianza que una sociedad deposita en la escuela a la que manda a sus hijos a formarse.
Nadie sabe si las presumibles pillerías del rector Agüera terminarán en los tribunales, pero es probable que éste no sea un caso aislado en un medio universitario que con frecuencia gusta de barrer el polvo bajo la alfombra. |