En días pasados, tuvo el palacio del Gobierno un susto de esos que antes sólo se veían en las noticias internacionales, provocado por grupos sediciosos como los ETA’s o las guerrillas sudamericanas. Este susto me dio pauta para platicar metafóricamente del tema.
El susto de la bomba fue tomado como una mala broma, que posiblemente a muchos les metió un susto, que como dice mi abuelita, “Dios guarde la hora”. Todo quedó ahí y las autoridades sugieren que como broma quedó atrás pues el nuestro sigue siendo un Estado muy seguro. Yo como Sócrates, sólo sé que no sé nada.
Pero el tema no es la bomba—en este escrito—de material incandescente y explosivo con la que fueron asustados los miembros del gobierno y personas que por ahí rondaban. Es más bien la bomba que durante años se ha venido gestando en la silla en la que está sentada nuestra sociedad.
Nuestro estado ha sido por años próspero, no sé si es por su situación geográfica estratégica—y no sé qué tan estratégico siga siendo porque ahora por todos los estados que nos rodean pasan autopistas que llevan las mercancías sin tener que atravesar por nuestra tierra—pero en fin, eso nos ha dado a ganar. No sé tampoco si es por ser un estado neo turístico donde las ferias, los lugares ecoturísticos y estas cosas que están de moda han dado frutos a los que viven por acá. Tal vez, es por su gente trabajadora y diligente que no se queja y sigue laborando a pesar de las contrariedades y los salarios injustos. No sé, pero como dijo el poeta Jaime Sabines, lo supongo.
Como dirían las universitarias, le estamos dando la espalda a nuestros “rummies”
Es así, que la verdadera bomba de tiempo, que algún día le explotará en las manos a la sociedad—como si se tratara de un concurso de adivinanzas donde van pasando la bomba de mano en mano y a alguno por azares del destino, le explotará—es una bomba llamada: pobreza, marginación, rezago geo-demográfico, entre otras.
Este estado, según cifras oficiales, tiene la mitad de la población en pobreza. Es decir, algo así como 600 mil personas carecen de todos los recursos necesarios para su desarrollo, unos más otros menos, pero la necesidad persiste.
Me pregunto pues, si estas cifras, este rezago corresponsable—porque a final de cuentas la sociedad somos todos—si estos datos, no son una alerta de bomba.
Siempre he imaginado a mi ciudad como un lugar donde mis hijos vivirán, donde yo quisiera terminar mis días, (desde luego no “ahorita”, ni siquiera pronto), pero aquí me gustaría estar siempre. Y veo con tristeza las historias repetidas de ciudades industrializadas y desarrolladas a las que he llamado alguna vez bipolares porque sus calles cuentan dos versiones: por un lado hablan del desarrollo, de la economía, de grandes y bonitos fraccionamientos y de centros comerciales espectaculares y de gente bonita y “buena onda” (no tengo absolutamente nada en contra de lo anterior y promotor soy de ello), sin embargo, por otro lado, cuentan una historia que nadie quiere saber: del incremento de la marginación social que conlleva decenas de fenómenos que antes de abonar, restan al progreso de la sociedad.
Temas como el aumento de la pobreza, de la deserción escolar, de las adicciones, de la delincuencia, de la violencia familiar, de la diferencia de clases, etc., etc. Estas historias que han contado por lustros otras ciudades que un tiempo se sintieron orgullosas de su desarrollo y su avances, al parecer comienzan a revelarse en la vida diaria de los que aquí vivimos.
El problema es la tendencia de la humanidad a vivir el ahora sin importar el mañana ni el prójimo.
Pensando en eso, mi participación ciudadana libre y razonada es variada, más bien yo lo veo como un compromiso de los que vivimos en este lugar. Me imagino esto, como si en casa tuviéramos que colaborar todos para el pago de los gastos, el agua, la luz, la comida, etc., asímismo, todos tuviéramos que colaborar en los arreglos de la casa, desde barrerla hasta pintarla cada año para que se viera más bonita. Pues ese es el modelo perfecto. Sin embargo, piense que en la casa alguien, por ejemplo un niño, no puede aportar a la economía. O que alguien con discapacidad es incapaz de subirse al techo para aplicar un impermeabilizante. Ellos seguirían viviendo en la misma casa y no podríamos por ello correrlos, o mandarlos a la calle.
Lo ideal sería ayudar al niño para que termine la escuela y tenga, cuando llegue a ser mayor, un trabajo que le permita sostenerse y aportar al sostenimiento de la casa. Al discapacitado, debemos ayudarlo a desarrollar sus habilidades para que pueda desarrollarse de acuerdo a sus límitaciones, tal vez sea bueno para contestar el teléfono o para abrir la puerta, o para cualquier otra función de acuerdo a su condición.
Esta visión sería mejor que solamente la indiferencia social. Hoy creo que como sociedad le estamos dando la espalda a esos habitantes de nuestra casa, de nuestro estado, de nuestra colonia, de nuestra calle, etc., como dirían las universitarias, le estamos dando la espalda a nuestros “rummies” (término usado para referirse a sus compañeros o compañeras de cuarto, durante ese periodo universitario).
Pienso en mi ciudad, como la quisiera ver, donde todos seamos corresponsables, desde los políticos hasta los que menos pueden, pero todos toman protagonismo porque todos somos importantes. Si hoy tomáramos una decisión firme de participar por mejorar lo que nos aqueja, mañana a nuestros hijos o nietos les sería más fácil vivir en sociedad.
El problema es la tendencia de la humanidad a vivir el ahora sin importar el mañana ni el prójimo. El sentimiento poco solidario y la exclusión social algún día explotará, y todos seremos víctimas y culpables.
Y entonces, esta ciudad donde me gustaría permanecer, no aparecerá. La bomba habrá explotado. Preferiría estar equivocado ¿Usted qué opina?
Escríbame arserrano@unete.org.mx
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