“…Cabellos blancos, es recuerdo un sin fin de vida es el abrigo de un tesoro de memoria y sabiduría…”
Al celebrarse el día del adulto mayor, (en plenitud, juventud acumulada, etc… yo diría un libro con mil historias que contar) me permito hacer un homenaje a todos aquéllos que han cruzado el umbral de la vida y que como dice el filósofo Güemes, ya fueron de subida y ahora les corresponde ir de de bajada. Se acercan al fin del tiempo, de sus tiempos.
De chiquillo, mi abuelo Don Cecilio Rangel, que en paz descanse, me aseguraba que en la casa vieja del fondo de la calle, en su rancho, había un tesoro. Juraba que unos cuatreros habían quitado un cargamento de centenarios a un carretón que bajaba de la mina de Asientos de Ibarra (hoy municipio turístico con hondas historias de chichimecas y trenecitos) que iban por el camino real hacia la frontera norte.
Unos primos y yo fuimos tantas veces a buscar el oro, que hicimos al menos unos 20 agujeros para ver si teníamos suerte, lo cual nunca sucedió.
De mi abuelo paterno, Don Ricardo Serrano, cuentan que era un héroe, y que fue acribillado por unos caciques por defender a unos campesinos en la huasteca veracruzana, allá en la zona expetrolera de Chapacao, en Pánuco, Veracruz. Yo no lo conocí, pero en tercero de primaria, mi maestra Ema, a quien desde aquí le mando un saludo al igual que a los profesores de la primaria José Santos Valdés García, nos dejó de tarea escribir un ensayo de alguien a quien nosotros admiráramos. Le pedí a mi padre que me contara de mi abuelo, de quien había una escuela con su nombre y que era más famoso en su pueblo que el mismo Pedro Infante. Fue así que admiré al viejo—con todo respeto— que conocí sólo por los relatos familliares y los corridos que le han compuesto.
Mi bisabuela paterna, el año pasado cumplió cien años. Ella vive—y muy sana—en la comunidad de Nazas, Durango, de donde es originaria y está más viva que muchos alumnos de universidad a los que les doy clases y que parecen tener atole en las venas. Es un ejemplo de esperanza, de vida, de juventud en el tiempo, de acumulación de historia.
Esos tesoros—los viejos, los abuelos—con los que he contado y de los que me sé muchas historias, anécdotas y leyendas, fueron mi modelo en la niñez, mi esperanza y mi promesa de un día vivir como ellos en la vejez. No sé si pueda cumplir la promesa de llegar a la vejez con tal vitalidad y entusiasmo. Porque resulta que ahora hay que cuidarse de todo, y vive uno menos, más estresado y distraído, y no pasa mucho tiempo en el mismo lugar. Antes, nacían en sus casas, vivían ahí mismo muchos años y morían en su casa.
Siendo todavía y por pocos meses, según la ley, un joven adulto, comprendo la herencia, el tesoro que son los abuelos. Los viejos de una ciudad pueden contar la historia de los caminos, de las casas y las calles. Las fotos y los libros se completan solamente cuando van acompañados de los recuerdos de un abuelo.
Desde aquí, un homenaje a todos aquellos viejos, a quien les hemos aprendido algo, a quienes dejaron algo de provecho en nuestras vidas, y que en mi caso, gracias a su influencia ahora me dedico a servir al prójimo desde donde puedo: en la escuela, en la calle, en las asociaciones civiles, y desde luego en mi familia.
A Don Ricardo Serrano Díaz, a Don Cecilio Rangel, a Doña Margarita Rivera, a Doña Fortina Castro y a Doña Concha Díaz. A todos aquellos amigos viejos que siguen siendo mis modelos, a Don Fernando Medrano y a mi gran amigo qepd, Don Antonio Rodríguez, músico y bohemio. Gracias por ser los viejos, los que escribieron la historia para que nosotros entendamos que tal vez un día nosotros también seremos viejos.
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