Cuando se habla de la posibilidad de que el PRI gane las elecciones presidenciales, los cibernautas (y otros más) que suben sus comentarios a la red suelen reaccionar, por lo general, con las vísceras. Desde luego que tienen todo el derecho de hacerlo y a veces, incluso, fundamentan su furia. Pero nada de eso aclara la pregunta con que se titula esta columna y como es un escenario factible, al menos hoy, conviene ser pragmáticos y empezar a discutirlo con cierta racionalidad.
Quienes rechazan profundamente esta hipótesis tienen una primera opción, desde luego, que es salir a votar y derrotar al PRI en las urnas. Así sucede en toda democracia, aun si es, como la nuestra, de baja calidad. La segunda, más excitante, es irse al monte y hacer otra revolución. La tercera, más extrema, es mudarse de país o elegir el exilio interior. Y la cuarta es encomendarse al Santísimo.
Sin embargo, si nada de eso va a ocurrir entonces volvemos nuevamente a la pregunta: ¿qué hacer? No se trata de divagar acerca de lo que “podría” suceder ni de recurrir a la retahíla de insultos o descalificaciones con que usualmente se describe ese escenario, sino más bien de cómo organizar una especie de liderazgo ciudadano que tenga tal credibilidad, fuerza e influencia sobre el próximo gobierno, incluidos el gabinete y el Congreso, que permita: a) establecer la agenda de lo que el país exige y b) construir las condiciones necesarias como para que el presidente ejecute las políticas y tome las decisiones correctas.
Lo primero es relativamente sencillo: México es un país sobre diagnosticado y existe abundante información y evidencia documentada respecto de lo que se debe hacer en una amplia variedad de terrenos, desde la reforma fiscal hasta la gestión educativa. El segundo componente, en cambio, es mucho más complicado.
Las élites del PRI —es decir, quienes realmente deciden— podrán tener muchos defectos, pero son experimentadas y astutas; algunas de ellas son preparadas y disponen de buena información; y otras más hasta tienen sentido de Estado y visión del mundo. Por ende, saben perfectamente bien qué decisiones son indispensables y urgentes. El dilema al que se enfrentan (igual que en otros partidos) es que como las buenas políticas son frecuentemente impopulares y las malas son muy rentables electoralmente, entonces se empantanan en un círculo vicioso del que no se atreven a salir por el temor de que la ciudadanía los repruebe en las encuestas o porque les cueste en la siguiente elección.
¿Cómo romper ese círculo? O dicho de otra forma: ¿cómo crearle a los próximos gobernantes los incentivos necesarios como para que actúen a la altura —ya no digamos de la historia, no nos pongamos pretenciosos— sino de la viabilidad de su propio gobierno y de las buenas cuentas con que quieran ser recordados. Obviamente, no tengo por ahora una respuesta. Pero si ése es el escenario hay que irla buscando. |