Quien quiera aprender en México cómo se hace política de Estado —así, con mayúscula— debería estudiar una y otra vez el discurso que dio Barack Obama en la universidad de Arizona a propósito de la violencia registrada el pasado 8 de enero en Tucson.
Lo que Obama hizo, en una coyuntura compleja de la vida pública norteamericana, fue aprovechar sus extraordinarias aptitudes de comunicación para aplicar una regla esencial cuando se quiere ser eficaz en política: en tiempos de división hay que situarse por encima de los conflictos y ofrecer un liderazgo que, por un lado, identifique una zona en la que las partes puedan encontrar valores o intereses comunes y, por otro, ponga cierto orden más o menos comprensible en aquello que parece un caos.
Dijo, por ejemplo, Obama: “en un momento en que nuestro discurso se ha polarizado tan drásticamente, cuando estamos demasiado deseosos de culpar de todos los problemas del mundo a quienes piensan diferente de nosotros, es importante que hagamos una pausa y nos aseguremos de estar hablando unos con los otros de una manera que sane, no que hiera”.
Es evidente que el discurso le ha inyectado una buena dosis de vitamina a la imagen de Obama, aunque sea menos claro si le alcanzará para mejorar los niveles de eficacia de su presidencia o para sacar nuevas reformas importantes o para ganar elecciones futuras. No importa. Por ahora, ha desempeñado bien el papel de un líder y un estadista.
¿Puede haber en este episodio lecciones para los políticos mexicanos de esta hora? Sí, sin duda, y más de las que se piensan.
México tiene años sumido en una creciente confusión. Por lo menos desde los años noventa no hay nada parecido a una narrativa nacional que brinde elementos de articulación social o que haga relativamente claro el horizonte hacia el cual se dirige el país. No se trata de elaborar, imposible por supuesto, un pensamiento único ni nada parecido; al contrario, bienvenidas la reflexión informada y la discusión inteligente.
Pero es tal la pulverización de ideas o posiciones sobre lo que hay que hacer con la economía, la seguridad, el campo, la educación y un largo etcétera que, inevitablemente, termina por agudizar la discordia, en la sociedad y en los actores públicos, a un grado que, incluso, se vuelve políticamente atractivo exacerbarla.
Seguir por allí es un grave error de cálculo para quienes aspiran a gobernar porque una división de esa dimensión no sólo envenena a la ciudadanía, sino también a las fuerzas políticas —que encuentran rentable el conflicto— y, por ende, reduce poderosamente los incentivos para cooperar con el gobierno en turno para mejorar los niveles de gobernabilidad, impulsar reformas o generar verdaderas políticas de Estado.
Lo peor que le puede pasar al país es que esa atmósfera, sumada a la mediocridad intelectual de los políticos, al rencor y a la mezquindad, haga del próximo un nuevo sexenio perdido.
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