En un país con una ciudadanía tradicionalmente débil e indiferente, es una buena señal que, así sea agrupadas en membretes o en asociaciones serias, surjan voces que critiquen y cuestionen lo que, a su juicio, marcha mal.
Lo que es menos saludable es si esas voces que dicen hablar a nombre de la ciudadanía gozan de una especie de mandato, si tienen una legitimidad clara para atribuirse esa representación y si la táctica del desplante y, en algunos casos, de la franca fanfarronería realmente fortalecen la construcción de ciudadanía, en el sentido más democrático, civilizado y eficiente del término, o simplemente terminan por ayudar a disolver el poder de la sociedad y a corporativizar preocupaciones colectivas, a semejanza de los cientos de grupos que empezaron defendiendo causas y terminaron protegiendo intereses, en algunos casos innobles. Veamos un ejemplo.
Seguí con atención la reedición de los diálogos a que convocó el presidente Calderón con organismos ciudadanos y con académicos sobre seguridad el miércoles pasado. La idea, igual que la versión anterior y aunque ligeramente repetitiva en esta ocasión, es útil porque brinda información y datos que facilitan enriquecer la comprensión, el análisis y la discusión del problema.
No tiene sentido, por ello, regatearle al gobierno el esfuerzo que hace al brindar bases de datos cada vez más amplias, al dar su visión y su versión de la estrategia que está siguiendo y al fijar, como lo hace Calderón, su posición.
Igualmente notable es la aportación académica que gradualmente ha ido proporcionando ideas más rigurosas, estadísticas más finas y recomendaciones más creativas que hagan más racional el contexto del problema y sus opciones. Y no menos plausible es el enfoque de gente como Alejandro Martí, que, sin experiencia en el campo de las políticas públicas, como él mismo reconoce, trata de ofrecer una postura tan firme como balanceada.
El problema es cuando la seducción mediática y la necesidad psicológica de cinco minutos de gloria, como ocurrió en los casos del representante de una organización de Monterrey y de otra de la ciudad de México, sustituyen la argumentación inteligente, ordenada y documentada por el desplante y la superficialidad, porque entonces no sólo se pierde el objetivo de la discusión, que es aportar para mejorar las cosas, sino que debilita el fortalecimiento de la causa ciudadana, del ejercicio mismo de la ciudadanía. De hecho, ese ruido no alcanza influencia alguna y los políticos y gobernantes terminan por no hacerle caso.
Entender que una cosa es el griterío que suele ser irracional generalmente y otra, radicalmente distinta, la elaboración de un pensamiento crítico a partir de las ideas, las razones, los fundamentos y el criterio es indispensable para la maduración ciudadana. De otra forma, México seguirá teniendo, como bien escribió hace años el historiador John Womack Jr., una sociedad civil “tímida, frágil, necesitada”.
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