A mediados de los años setenta el entonces dirigente del PRI, Jesús Reyes Heroles, insistía en que antes de candidato presidencial ese partido debía tener un programa. Pero eran otros tiempos: Luis Echeverría decidió que las cosas fueran al revés y don Jesús terminó de director del IMSS.
Hoy el PRI está en la oposición, pero conforme las encuestas actuales dicen que podría volver al poder nacional en 2012 crecen al menos dos grandes interrogantes.
Una es saber cuál es la agenda concreta que le propone al país o al electorado con el que supone ganar y la otra es con quiénes piensa gobernar. Lo primero sería una discusión indispensable. Lo segundo, ciertamente deseable, dependerá del margen de maniobra que tenga quien vaya a ser el próximo presidente. Sin embargo, ninguna de estas preguntas será despejada antes de esas elecciones por pura cuestión de cálculo.
En un contexto electoral, hablar de un programa real puede significar meterse en una camisa de fuerza y asumir compromisos que, si son veraces, pueden ser altamente costosos en campaña o bien, si son la demagogia habitual, habrá que incumplirlos después. Es difícil identificar los incentivos que tendría cualquier partido al ofrecer, por ejemplo, hacer una reforma fiscal que generalice el IVA o abrir Pemex y CFE a la inversión privada o modificar la estructura de la gestión educativa y alienarse la complicidad del SNTE.
Pero además, a juzgar por la dinámica de las campañas de ahora, éstas se han vuelto lo suficientemente cosméticas como para inferir que la mayoría de los votantes son muy superficiales —basta ver que eligieron a Fox y por poco a AMLO— y que las ideas —simples o complicadas, da igual— no venden. Lo que al elector promedio le gusta oír son clichés, retórica, promesas irrealizables y espejismos que suenan bien pero no constituyen un programa de gobierno.
Política y éticamente sería fascinante escuchar a los aspirantes presidenciales decir lo que en verdad piensan acerca de temas clave y asumir compromisos vinculantes, pero, desafortunadamente, esto no sucederá.
La otra incógnita es con quiénes se gobierna. Tampoco aquí puede haber muchas pistas porque, en la coyuntura de construir su candidatura, los aspirantes tienen que incluir a todos o por lo menos hacer creer a todos que están dentro. Sería suicida lo contrario.
Luego, las campañas funcionan como cernidores: algunos del círculo cercano se consolidan y otros caen; entran nuevos miembros por necesidad o por habilidad y otros más, que sirven para agitar la galería en los mítines, son disfuncionales para manejar las complejidades del presupuesto, la infraestructura, la economía verde o las relaciones internacionales y, de plano, creen que Phnom Penh es el nombre del actor que ganó el Oscar por Milk o Mystic River.
Y, por último, los pactos. ¿Cuáles serán los compromisos que asuma quien sea el candidato presidencial del PRI con sus pares, sus aliados y la llamada nomenclatura? Algo se intuye, pero, a ciencia cierta, nada se sabe aún.
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