Según su página web, por las terminales del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México (AICM) cada año circulan 24 millones de pasajeros, se realizan 350 mil operaciones y se mueven 370 mil toneladas de carga.
Es, de hecho, uno de los 55 aeropuertos más importantes del mundo.
No obstante estas cifras, es un microcosmos palpable de la corrupción, las prácticas monopólicas y las ineficiencias estructurales del país. Veamos.
En materia de seguridad es abominable la torpeza con que se conducen los distintos tipos de personal. Para empezar, circula por allí una caterva de elementos de la Policía Federal que trabaja de la manera más extravagante posible. Detiene primero en las salidas a la calle quien se le antoja para revisar portafolios, maletas de mano o documentación, pero en horas de madrugada o de la noche simplemente se evapora, de modo que introducir cualquier cosa es problema de elegir los horarios adecuados de llegada.
Luego entorpecen el abordaje en las puertas de los vuelos hacia América Latina asumiendo que, sin previo arreglo con el enchufe adecuado, el pasaje llevará consigo la mota o los dólares. Y para terminar demoran, a veces hasta una hora, la revisión en las bandas de recogida de equipaje porque sus canes olfatean buscando drogas que, por cierto, nunca encuentran.
El resultado evidente es que, ineficiencias, vejaciones y molestias aparte, es muy probable que algunos de esos elementos sean parte activa de la cadena de corrupción mayúscula que se produce en el AICM, como lo sugiere muy seriamente el escándalo de los sobrecargos pillados con más de 150 kilos de cocaína en Madrid.
Es imposible, al respecto, que los únicos chivos expiatorios sean hasta ahora los pobres empleados de Eulen, la compañía concesionaria de la seguridad en el AICM, puesto que esa sustancia fue entregada, trasladada, pasada por los arcos de seguridad y metida al avión ante la mirada complaciente, eventualmente cómplice, de la Policía Federal.
El segundo timbre de distinción del AICM es la incapacidad de las autoridades de la SCT y de ASA para romper el monopolio de los maleteros que manejan los carritos de equipaje e impide a los pasajeros moverlos por sí mismos. Se trata, sin duda, de un caso único en el mundo y no hay poder humano ni divino que haya terminado con eso.
Y el tercer rasgo, fascinante para cualquier estudiante de economía, es que al AICM la ley de la oferta y la demanda le hace lo que el viento a Juárez. Como las concesiones de locales suelen asignarse mediante mecanismos extraños y las rentas resultan muy elevadas, los consumidores tienen que sufrir baja variedad y precios desorbitados, en ocasiones hasta diez veces más altos que fuera de las salas de última espera, porque las autoridades no tienen la fuerza para promover mayor competencia.
Ni hablar, así es este país: de kermesse, diría el maestro José Luis Lamadrid |