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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
- Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
- Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
- Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
- Embajador de México en Chile

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HETERODOXIAS
El país que tenemos y el futuro que queremos
  Otto Granados
  og1956@gmail.com
 
Aguascalientes, MÉXICO, a 22 de diciembre del 2010
 

2010 ha sido extenuante. Bicentenarios y centenarios, cursilerías y excesos para buscar en el pasado lo que no encontramos en el presente ni oteamos en el futuro. 112 millones de habitantes pero pocos ciudadanos. Numerosos discursos pero demasiado desencanto, incertidumbre y pesimismo. Ruido desmedido pero pocas razones o argumentos. Decimacuarta economía global pero crecimiento y competitividad mediocres. Intensa visibilidad frívola y retórica de los políticos pero nula creatividad e ideas. 34 millones de estudiantes pero resultados escolares devastadoramente malos. 30 mil muertos pero la “guerra” parece no tener fin. Democracia activa pero escasa calidad y deficiente institucionalidad. Muchos intentos, pocas reformas. Pocos ricos, muchos pobres. Abundante información, nula narrativa.

En síntesis, éste es el México que tenemos y aunque no están claros los fundamentos ni los asideros con los cuales imaginar un futuro deseable, realista y, por ende, viable, hay que intentarlo.

En el último medio siglo dos o tres docenas de países han hecho progresos considerables en casi todas las variables que importan para el bienestar de sus habitantes. Unos, vienen de antiguo. Otros, son historias de éxito más recientes. En prácticamente todos los rankings internacionales —crecimiento, competitividad, PISA, universidades, medio ambiente, avance tecnológico, transparencia, libertad económica y un largo etcét­era—­­ ­aparecen siempre en las mejores posiciones y, salvo crisis coyunturales, casi siempre en el aspecto macroeconómico, no se ve que vayan a dejarlas.

México, en cambio, que ha probado ya de todo en el terreno político, en el modelo económico, en las relaciones internacionales, sigue sin despegar o, peor aún, sin encontrar exactamente su camino porque no sabe, tal vez, cuál es concretamente el destino que quiere o al que puede aspirar.

Parece, con frecuencia, un país que no tiene remedio. Pero, de verdad, ¿no lo tiene?

Dicen los especialistas que algunos estados de ánimo depresivos, además de estar a veces en el código genético de la sociedad, suelen provenir de perseguir metas absolutamente inalcanzables, de crearse expectativas irreales, de suponer capacidades que no se tienen o de compararse con quienes jamás habrán de ser iguales. El saldo, evidentemente, es de frustración, estrés, desilusión.

Por tanto, hay que ser precisos a la hora de entender el ethos mexicano y definir desde allí lo que quizá seremos en el futuro. Sugiero algunos escenarios.

El México de los próximos años y décadas no será jamás como alguna de las naciones tradicionalmente más desarrolladas, pongamos Canadá. En el mejor de los casos, será más parecido a un país de la media tabla con sectores, estados y regiones plenamente instalados en la modernidad competitiva del siglo XXI que convivan con otros que todavía no terminan de dejar el siglo XIX y que nunca llegarán a los indicadores de los primeros.

México será, irremediablemente, muchos Méxicos. El DF y unos cinco o seis estados aportarán la mayor parte del producto nacional y concentrarán la mayor parte del ingreso. Allí seguirán estando las mejores universidades y centros de investigación, las personas más ricas e interesantes, la mayor diversidad cultural; serán los más vinculados al entorno internacional y los más atractivos a la migración interna. Otros Méxicos con posibilidades de progreso estarán, ciertamente, en esa zona indefinible e inclasificable que se localiza en las ciudades fronterizas del norte y en aquellas donde viven los millones de mexicanos que residen en Estados Unidos. El resto será el México discreto, modesto o francamente pobre.

En consecuencia, las grandes estadísticas nacionales ya no dirán mucho en el futuro, porque siempre serán malas o sesgadas, sino habrá que micromedir a las regiones sin alimentar esperanzas generalizadoras como país. No seremos en el mediano plazo un país homogéneo ni una sociedad igualitaria. Si acaso, en el largo plazo, una sociedad de clases medias más parecida al paisaje de colonia vieja de la ciudad de México, digamos Narvarte, que de una ciudad canadiense.

Los mexicanos más influyentes, satisfechos y exitosos —cualquiera que sea la noción de éxito que se tenga— serán los que vivan en las zonas de crecimiento más vigoroso; los que vayan más allá de la educación terciaria convencional y adquieran las especializaciones de posgrado; los que tengan la posibilidad de mayor acceso y aprovechamiento de los bienes del conocimiento, los que dominen idiomas extranjeros, digitales y tecnológicos, y los que sepan moverse con razonable soltura en el escenario internacional y en un ambiente multicultural y abierto.

Todos ellos, por cierto, serán un porcentaje reducido de los 112 millones que integran la población actual del país.

La economía mexicana será cada vez más heterogénea. Una parte producirá no sólo más, sino agregará mayor valor, innovación y desarrollo científico y tecnológico. Por ende, captará una mayor parte del pastel de la riqueza y se disputará más a la gente talentosa, a los mejor formados, los más educados y competitivos para crear un círculo virtuoso, que será no solo económico sino también social, intelectual y urbano.

Otra parte seguirá estancada en la manufactura tradicional, de bajo valor agregado, de empleos para la subsistencia, y una más, la del sector rural, profundizará su transición hacia una economía agropecuaria altamente empresarial, industrializada, exportadora y representada ya no por los millones de ejidatarios o jornaleros que figuran en los censos sino por una colección de grandes consorcios nacionales y extranjeros.

Finalmente, ¿hay espacio para el optimismo, así sea, como alguien dijo, escarmentado? Pienso que sí a partir de que cada individuo acepte que las utopías totalizadoras, los políticos providenciales y los paraísos prometidos no existen, sino más bien que comprenda que las posibilidades de una vida mejor dependen en muy buena medida de practicar los viejos y, no obstante, tan actuales valores de la disciplina, el esfuerzo, la ética personal, el trabajo, la moderación, el ahorro, la educación, la libertad y la apertura intelectual y emocional para construirse un destino propio, satisfactorio y hasta feliz en un mundo tan diverso, complejo y fascinante como el del siglo XXI.

Felices fiestas y nos vemos en enero.

 
Reproducido con la autorización de La Razón
 
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