Hace 10 años, un escritor y ensayista español, Luis Racionero, ganaba el Premio Espasa de Ensayo por su obra “El progreso Decadente”, dura crítica al pasar del siglo veinte y anuncio de un horizonte gris para el nuevo siglo. Diez años que se pasaron muy rápido.
Con ese mismo afán, comentaré algunos detalles de esta decadencia “progresista” propuesta por las tendencias de la avant-garde mal copiada y mal entendida por los grupos radicales de izquierda de nuestro país y en general por los políticos positivistas de Latinoamérica.
En nuestro país, el progreso decadente se ha fincado en un avance sigiloso del “discípulo” obediente al comercio norteamericano que incluye las ventajas de ser el socio “de al lado” con los miembros del tratado comercial más importante que haya firmado México, pero también la cercanía con el “avispero del niño aprovechado” (los norteamericanos) que toma, a nuestras costillas, decisiones que nos afectan como país. La última de esas, es la decisión de la gobernadora de Arizona Jan Brewer de promulgar una ley anti inmigrantes, para presionar a los inmigrantes en su mayoría mexicanos a que se regularicen o para que dejen de parecer mexicanos o mojados.
Otras de esas decisiones que nos afectan han sido los bloqueos a industrias que no les convienen a los estadounidenses, como la del atún, el camarón, el transporte, la producción de granos y semillas en el ámbito nacional, ya que quieren tenernos siempre como sus clientes condicionados.
Este trato de negocios con países del norte, usted bien sabe, también ha tenido sus ventajas, porque como lo afirman Héctor Aguilar y Jorge Castañeda en su libro “Un futuro para México”, a pesar de que los países “de abajo del continente” han dejado de vernos como los representantes de la posición latinoamericana, es indudable que México ocupa un puesto preponderante porque somos el país de paso hacia los Estados Unidos y Canadá. Otra ventaja es que seguimos siendo grandes exportadores de productos que necesitan los norteamericanos y al no disponer del abasto propio suficiente, lo compran a los productores mexicanos. Si usted me pregunta cuál es la opinión al respecto de esta relación comercial muchas veces injusta, le respondería: no hay de otra. En 1993, fecha de la firma de dicho acuerdo internacional, no hubo tampoco de otra, así que era subirse a un tren y tratar de ir reduciendo las diferencias tecnológicas, empresariales, políticas, económicas y sociales, ya en el camino, o quedarse al margen de una cultura global que hoy es el lenguaje de todo el mundo.
Quise comenzar con este preámbulo, ya que aunque en términos reales ha habido un gran avance en la cultura globalizadora de negociar con el exterior- hoy México tiene más de 16 acuerdos comerciales con diferentes países—hemos visto que el retraso sigue siendo en los mismos lugares donde se tenía dicho retraso a principios del Siglo XX: la política, la economía, el combate a la pobreza, los servicios de salud, la seguridad pública, la pérdida de fe en los políticos y en el gobierno, la educación, la corrupción al interior de los gobiernos, entre muchas otras. Siguen siendo el diagnóstico que nuevos y viejos han determinado como el principal problema mexicano para pensar en un progreso que no sea decadente.
Imagínese usted que vamos todos los meses a revisión al médico, y éste a su vez, nos receta lo mismo de siempre: transparentar las cuentas públicas, crear riqueza para combatir la pobreza, limar la corrupción de las dependencias como las de seguridad pública, etc., y no damos seguimiento a las recetas. Aquí cabe esa frase de Albert Einstein: ¡Estupidez es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados distintos!
Todos los años, se habla de combate a la pobreza, y la pobreza no disminuye, sino que aumenta. Hablamos de inversión en seguridad pública, compramos helicópteros, chalecos antibalas, pistolas, patrullas, y el crimen organizado no se ve ni siquiera preocupado. Todos los años, prometemos creación de empleo y las cifras nos dicen lo contrario. En fin, podría continuar con la lista y seguiríamos con la frase de mi buen amigo, Fernando Medrano, "este mundo es cíclico y estamos condenados a repetir siempre las mismas cosas". Casi me convence, pero como buen aficionado al futbol, siempre tengo la esperanza de que esta sí sea la buena.
Los políticos mexicanos no están dispuestos a soltar sus prebendas
Me parece que el tema tiene que ver con la frase de Einstein, y es necesario repensar la forma en que se ha creado una cultura social en nuestro país, para analizar si los cambios que se hacen, las propuestas que se presentan, son las necesarias y las formas que prevén para ejecutarse son las idóneas.
Además, me parece que debemos abordar cuestiones de fondo. Por ejemplo, los políticos mexicanos no están dispuestos a soltar sus prebendas para plantear un verdadero y estratégico plan de desarrollo nacional, y lo digo porque es evidente.
Recientemente se conoció una iniciativa del Presidente Calderón en materia política que contempla las candidaturas independientes. Ante esa iniciativa, los políticos titubean porque afecta a sus intereses y a los de los partidos. En la propuesta de la reforma fiscal, nos enteramos por los medios de comunicación que se ha convertido en verdugo de los políticos a cambio de poder, que los líderes de los dos partidos importantes tuvieron una negociación, como si el progreso se tuviera que negociar. Salta a la vista la falta de sentido común de nuestros políticos y el exceso de ambición que no les permite ver más allá de sus intereses particulares.
Por parte de la sociedad, efectivamente, hace casi cien años, la sociedad civil estaba desarticulada, bienintencionada pero adormilada, apática, dejando en manos de otros—entonces en manos de militares y guerrilleros— el futuro de todos, de sus hijos y de las generaciones venideras.
Quizá algún día por arte de magia o milagrosamente, los políticos se darán cuenta de las reales necesidades ciudadanas y del país en general. Pero eso no es probable, de manera que así nunca cambiarán las cosas.
Por ello me atreví a titular a este comentario La música del Ocaso. Los síntomas sociales, como la degradación del prestigio de los partidos y los políticos, el crecimiento de iniciativas sociales para transformar las realidades de los más desprotegidos, el “emprendedurismo social”, la participación reflexiva de cada vez más ciudadanos en las cosas públicas, entre otras, nos hacen ver que aparentemente las partitura que toca esta orquesta a la que llamamos país está en un punto decadente y es necesario comenzar a configurar otras composiciones para la nueva sociedad y el nuevo sistema de vida que queremos para todos. Es decir, que los partidos políticos están en plena decadencia, en una caída libre tal, que sería desastroso no pensar en otra forma de articular el servicio público antes de que los partidos toquen a su fin. Debemos proponer otras formas de participación que vayan supliendo las deficiencias de un sistema político que se encuentra obsoleto y rebasado por la realidad y los problemas.
"Las Golondrinas” a un sistema en su máximo agotamiento
Esta Música del Ocaso, me suena a “tocar las golondrinas”, a un sistema que ya llegó a su máximo agotamiento y a la necesidad de plantearnos qué podemos y debemos hacer para tener un gobierno que funcione adecuadamente, donde el desarrollo no esté a expensas de la buena voluntad de un partido o de una negociación. Como sociedad, debemos conseguir la participación democrática real, de manera que no la entendamos como hasta ahora: en que nuestra única forma de participación consiste en votar en las elecciones.
Hace unos días, le escuché a mi amigo Toribio Sánchez Navarrete, a quien también leo en DESDElared, una argumentación que pudiera llevarnos la solución: que los presidentes municipales y los gobernadores de las entidades deban pertenecer a un partido político o ser postulados por un partido, pero que los Congresos estatales y el Congreso la Unión sean conformados por ciudadanos. Yo agregaría todavía algo más: que aquellos ciudadanos que quieran formar parte de los congresos demuestren que efectivamente pueden y deben estar ahí. Esto es lo más simple de todo: para eso se inventaron los exámenes, para ver quién está capacitado en una función específica. Porque con el actual sistema, resulta que algunos diputados no saben ni siquiera leer.
Cuando hablo de cambiar el sistema, por favor no me mal entienda, no vaya a pensar que sugiero un mecanismo autoritario como el que nos pretende vender López Obrador o como lo que pasa en Venezuela. No, y precisamente para evitarlo, es necesario dar el primer paso, ya que como dicen los boxeadores, el que pega primero pega dos veces. Me refiero a tener un sistema social que sea el adecuado para un país como el nuestro, con sus propias realidades y características.
En esta Música del Ocaso, en que se nos previene de un futuro en blanco, nos quedan dos escenarios: dejar que otros nos dibujen a su manera el futuro y seguir soportando esta brecha entre lo que queremos la mayoría y lo que nos propone una minoría, o escribirlo nosotros mismos con la ventaja de que los ciudadanos sí sabemos lo que necesitamos. Yo voto por lo segundo, ¿Y usted? |