Ya no pudo concluir la lectura del Tours D´Histoire des Législations Comparées de M. Lerminier. Murió un 18 de julio de 1872, tras un agotador día en el que, junto con su ministro de Relaciones, José María Lafragua y el General Alatorre, habían estado discutiendo una reforma constitucional y la conclusión del ferrocarril a Veracruz.
Murió haciendo lo que el destino le había encomendado y lo que le dio sentido e impulso a su vida, iniciada 66 años antes. Murió cumpliendo el encargo supremo para el que había nacido un 21 de marzo de 1806: dar testimonio fiel de lo que significa la entrega y la vocación de un servidor público para mostrar a su generación y a todas las generaciones venideras, que la congruencia no está peleada con el gobernar.
A lo largo de su vida, desempeñó en el servicio público los cargos de Regidor, Diputado, Juez, Gobernador, Ministro de Gobernación, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y por supuesto, el de Presidente de la República. Todos ellos desempeñados como el mejor estadista
A diferencia de los que ahora se autonombran “salvadores” que hoy nos saturan con su discurso abombado, fue un mexicano que salió de la nada oaxaqueña, para luego tener en sus manos el destino de toda una nación, sin abusar del cargo ni tomando ventaja de ello para sí mismo o para los suyos; incluso apegándose siempre a lo que la dignidad de su sueldo le brindaba, lo que sirvió para ejemplificar la austeridad con la que marcó su gobierno.
Cuando pensamos en él, inevitablemente viene a nuestra mente la imagen pétrea e impasible del más ilustre zapoteca, vistiendo su solemne traje negro como símbolo inequívoco de que le “pintó la raya” a la elegante y ostentosa clase militar, siempre afecta a ufanarse con deslumbrantes condecoraciones.
Reconocido en toda América como su Benemérito, jamás renunció a la idea de que la educación era la vía ideal para que los mexicanos pudiéramos convertirnos en ciudadanos más libres, más completos y más dignos. Y muestra de esto es que fue un mayúsculo conocedor del Derecho Canónico y del Derecho Civil; y además, leía latín, inglés y francés.
Ante las promesas irresponsables de hoy, las palabras de Juárez de ayer
Con todos estos breves, pero fuertes fundamentos, que dan la suficiente calidad moral a sus palabras, quiero aprovechar el marco del 204 aniversario del natalicio de Don Benito Juárez, para traer a nuestra escena política local la inagotable verdad que encierra una frase de su autoría y que ya ha provocado efectos sorprendentes en las asambleas donde la he utilizado.
Con un indiscutible e inextinguible acierto, Don Benito Juárez expresó:
“MALDITOS SEAN QUIENES CON LAS PALABRAS DEFIENDEN AL PUEBLO, PERO CON LOS HECHOS LO TRAICIONAN”.
Esta frase, creo yo, es una pequeña cápsula de sabiduría que toma mayor fuerza y vigencia en estos momentos, porque aplica perfectamente a lo que como sociedad hemos estado viendo y viviendo.
Hoy que es tiempo de la lengua suelta, del discurso mesiánico, de la promesa irresponsable y de los precandidatos que ofrecen hasta la vida por nosotros, vale la pena reflexionar en el contenido de esta frase, que a muchos les pone el saco.
Algunos dirán que esta herencia de Juárez ya ha caducado en nuestros tiempos, o que su ejemplo carece de validez y aplicación en los escenarios de la supuesta modernidad política que estamos viviendo. Pero la verdad es que sus palabras nos gritan una realidad a la que muchas veces ya nos enfrentamos y que, elección tras elección, perdemos de vista cuando los amos del engaño nos vuelven a prometer el mágico remedio para todas nuestras fatalidades.
Convencidos de que “prometer no empobrece”, quienes se dicen fieles adeptos y veneradores de Juárez, pisotean una y otra vez su legado, abaratando un discurso que garantiza bienestar, empleo y seguridad, y soltando un “canto de sirenas” que promete salvar a todo Aguascalientes de sus males.
Incongruencia y voracidad con tal de no dejar jamás el poder
Vaya pues mi invitación para que, con los elementos suficientes, retomemos esta maldición de Juárez y se la hagamos efectiva a quienes les importa todo, menos lo que la gente quiere y necesita; a quienes mil veces han prometido y mil veces nos han fallado; a quienes se les hizo fácil dar esperanza y a la vuelta de la esquina sólo dieron dolor al pueblo.
En un aniversario más del natalicio de Don Benito Juárez, hagamos un ejercicio de crítica, de memoria y de reflexión, en el que podamos señalar a aquellos que habiendo tenido el más alto honor de ser electos para servirnos, lo han ensuciado con su incongruencia, con su voracidad y con el único objetivo de jamás dejar el poder.
Apliquemos esta máxima de Juárez a quienes traicionaron nuestro voto; a quienes la verdad se les convirtió en mentira y a quienes ofrecieron servirnos y acabaron sirviéndose.
Es momento de valorar la profundidad de esta frase, porque en ello, radicará la oportunidad de no equivocarnos al elegir y de no permitir que la mentira haga de nuestras voluntades su gran imperio.
Benito Juárez fue un hombre que siempre mantuvo vivo el deseo de aprender y que hoy, en la vorágine de los vaivenes sociales y políticos, retoman fuerza sus actos, sus palabras y su herencia de servicio, que más de uno, en un instante de inspiración, debieran de imitar.
Y termino con un párrafo tomado de Josefina Zoraida Vázquez, quien nos ilustra acerca de qué estaba hecho el Benemérito, quien ante un indigno ofrecimiento de Maximiliano, le responde: “Es cierto, señor, que la historia contemporánea registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos y sus promesas, que han faltado a su propio partido, a sus antecedentes y a todo lo que hay de sagrado para el hombre honrado; que en estas traiciones el traidor ha sido guiado por una torpe ambición de mando y un vil deseo de satisfacer sus propias pasiones y sus mismos vicios; pero su servidor, salido de las masas oscuras del pueblo, sucumbirá cumpliendo con un juramento, correspondiendo a las esperanzas de la Nación que preside y satisfaciendo las inspiraciones de su conciencia”.
Aquí se los dejo a unos cuantos, para que en lugar de espectaculares, se atrevan a poner en juego el honor de la palabra.
Hasta la próxima, si el destino nos favorece. |