Mucho se habla de los grandes intereses nacionales y de los enormes esfuerzos que hacen al respecto los elementos del poder, para atenderlos y hasta de ser posible solucionarlos.
Los tres poderes del estado, que en su momento tuvieron su origen en la búsqueda del equilibrio y del buen gobierno, han sufrido un proceso que los ha transformado y con ello en cierta forma distorsionado su misión original.
De los tres poderes, el Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo, puede afirmarse que el primero ha conservado muy dignamente su papel y aún representa una garantía de equidad y buen juicio para la sociedad. De los otros dos desafortunadamente no puede decirse lo mismo. El poder Legislativo se ha convertido en escenario de lucha entre las distintas corrientes partidistas, lucha en la que básicamente ven por sus intereses como partido, con una carencia de visión ya no digamos a largo plazo, si no cuando mucho de sexenio, lo que habla de su miopía y pérdida de representatividad de la sociedad, ya que no se plantean soluciones que beneficien a sus electores.
Un ejemplo claro de lo antes dicho está en la negativa a llevar a cabo reformas verdaderamente de fondo que permitan un cambio para el país. La tan traída y llevada reforma fiscal, que se ha mencionado hasta la saciedad, ha acabado en una mala componenda que parece ser que a nadie ha dejado satisfecho. Resulta claro que esta reforma está ligada a la necesidad de cambio en el modelo económico que tenemos en operación, que de forma evidente ha demostrado su inoperancia y que está conduciendo a una situación que puede traer problemas de tipo social.
Es difícil e incompleto hablar de reformas parciales, por que la economía es un sistema y como tal, está compuesto de muchos subsistemas que actúan entre sí y guardan hasta cierto punto un equilibrio, ya que son capaces de absorber desórdenes e incluso adaptarse. Pero también tienen un límite que puede conducir a una ruptura y a un nuevo orden, que tratará de responder a las necesidades que condujeron a la nueva situación.
El vergonzante número de pobres, entre 50 y 60 millones según los criterios de medición, y la enorme concentración de riqueza en pocas manos, habla de la inminente necesidad de cambiar el modelo y no únicamente de ponerle un mal parche, como ha sido costumbre hasta la fecha, con los programas de asistencia social que demuestran la miopía de los gobiernos en turno.
Los altos dirigentes de los partidos estoy seguro que son personas con capacidad para entender la situación, mientras que la enorme masa de legisladores son todo lo contrario, por lo que si los primeros no estuvieran sujetos a obscuros intereses y componendas, que les impiden actuar correctamente, bien podrían hacer cosas para remediar la situación.
Tengo que señalar que soy firme creyente de la economía de mercado, pero no sin un cierto control por parte del Estado, acompañada de políticas para redistribuir la riqueza, en pocas palabras una economía tipo tercera vía ( Anthony Giddens) sería lo deseable.
Respecto al poder Ejecutivo, en lo que toca a su falta de decisión y compromiso con la población, me referiré a un caso que medio comienza a hacer ruido, pero muy amortiguado y con el deseo por parte de algunos sectores, de que pronto se olvide. Me refiero al caso del nada edificante primer lugar en cuanto a obesidad infantil. Con un poco de visión a futuro de no más de 15 años, es fácilmente predecible que se tendrá un enorme problema de salud pública. Como indicador podemos tomar en cuenta que en la actualidad el gobierno gasta una gran cantidad de dinero en problemas derivados del sobrepeso, como diabetes e hipertensión, cantidad que se verá incrementada de manera impresionante en el plazo antes indicado. Las autoridades de salud han mostrado una tibieza que casi podría confundirse con complicidad. No existe un plan de emergencia para atacar este problema y seguramente están esperando traspasarlo a la siguiente administración, que a su vez es probable que haga lo mismo. La acción correcta del Ejecutivo sería la de iniciar una fuerte campaña en contra de todo aquello que ocasiona el sobrepeso, que como es fácil de suponer son toda la colección de comida chatarra y de bebidas azucaradas, las marcas son conocidas de todos, pero como pertenecen a grandes consorcios, entiéndase gran capital, son intocables. La salud del pueblo ha pasado a segundo término, pues los compromisos con estas empresas son fuertes y en un neoliberalismo a la mexicana, ni con el pétalo de una rosa se les tocará.
Hace pocos días escuché en un programa de la emisora de la UAA, a un conocido pediatra, el Doctor Ismael Landín, dar unas cifras del costo del problema de la obesidad infantil y en lo social y en lo económico, son alarmantes y claman para que alguien tome acciones. No sé si deban ser en Aguascalientes las autoridades educativas (IEA) o las de salud (ISEA), pero tienen que hacer algo antes de que dejen el cargo, por que si no, lo único que harán será traspasarlo al siguiente gobierno estatal. Estos ejemplos que menciono son evidencia del olvido de las responsabilidades y consecuentes fallas de los dos poderes que he mencionado.
Los ciudadanos debemos presionar a las autoridades para que realmente sirvan a la sociedad, ¿qué estamos esperando? |