Si, como suele afirmarse, las elecciones competidas no se ganan ni se pierden sino que se explican, el resultado de los comicios celebrados en Chile el pasado 17 de enero para elegir presidente de la República indica que la era de la Concertación de Partidos por la Democracia, que gobernó ese país desde el regreso de la democracia, en 1990, ha llegado a su fin.
Pese a que algunos observadores habían cantado estos resultados, el examen del contexto político y económico chileno puede permitir una visión más completa de lo que ocurrió el domingo pasado.
¿Por qué con un desempeño exitoso de sus cuatro gobiernos la Concertación no ha obtenido la mayoría? ¿Qué factores explican que la formación liderada por Sebastián Piñera, un empresario exitoso y razonablemente moderno, haya derrotado a los gobiernos que hicieron el milagro chileno? En suma: ¿por qué una coalición gobernante que ha hecho un trabajo competente, pese a las herencias institucionales y constitucionales del pinochetismo, apenas logra conservar el respaldo del 48.3% de los votantes? Veamos.
En las últimas dos décadas, Chile había venido alcanzando tasas de crecimiento económico superiores al 6 por ciento, que, entre otras cosas, hicieron posible que, en tan sólo diez años, de 1990 al 2000, prácticamente duplicaran el producto y se reflejaran en que el ingreso per cápita ascendiera, en cifras de 2007, a 7 mil 376 dólares e incluso, si ajustáramos las paridades de acuerdo con el poder de compra, dicho ingreso sería de alrededor de 14 mil dólares, el más alto en América Latina. Adicionalmente, ha registrado un ritmo constante de generación de empleo y, por consecuencia, de acceso al consumo individual y familiar. Y, todo ello, aderezado por una percepción internacional muy positiva de los progresos que el país registraba: Chile era, según esa opinión, el “modelo” en América Latina y el “ejemplo” a seguir.
Esos factores sembraron en la sociedad chilena una arraigada impresión de “éxito” y naturalmente elevaron la autoestima colectiva. Sin embargo, como Samuel Huntington demostró hace tiempo, la estabilidad social tiende a sufrir severos desajustes en aquellos países en proceso de modernización y de crecimiento, es decir, que están en la transición de una sociedad tradicional, que aún pervive, hacia una sociedad plenamente moderna, que aún no llega.
Ello se manifestó en un cambio notable en los patrones de comportamiento del chileno promedio, en una elevación de las expectativas de la gente por mejorar su nivel de vida y, por consecuencia, en el incremento, poco sostenible en relación al ingreso, de los niveles de consumo de bienes y servicios; en síntesis, indujo a un posicionamiento cultural y psicológico muy novedoso en la vida cotidiana de la sociedad, en la percepción de sí misma y en sus actitudes políticas, que, sumados, desembocaron en una cierta sensación de cansancio de veinte años de un mismo gobierno.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
|