La devastación producida por el sismo en Haití es desde luego una tragedia física, económica y material que se cierne sobre uno de los países más pobres en el mundo, pero se trata, sobre todo, de un terrible fracaso político y moral de la comunidad internacional.
Es verdad que hay algo de fatalidad —y, quizá, de misterioso— en estos dramas, y es que generalmente les suceden a los más abandonados. Es decir, aquellos que, década tras década, han sido los grandes olvidados de todos los bienes públicos, llámense empleo y crecimiento, educación y servicios, instituciones y medio ambiente limpio, salud y alimentación.
Pero también es cierto que el horror haitiano simplemente ha puesto al descubierto las características estructurales de un país al que nadie ha podido ayudar con efectividad a crear las condiciones mínimas para ser un país viable, y esto es una alarmante llamada de atención hacia los gobiernos que pueden y deben hacerlo, en especial aquellos que, por razones históricas o de seguridad, tienen un compromiso ético.
En este sentido, Haití no es el único caso potencialmente grave.
De los países que aparecen en los primeros veinte lugares en el Índice de Estados Fallidos 2009 que produce la revista Foreign Policy y excluyendo a los que, presuntamente, son un objetivo estratégico para la seguridad de Estados Unidos (Pakistán, Afganistán, Corea del Norte, Yemen e Irak), hay por lo menos otros catorce que presentan rasgos muy similares a los de Haití —un desastre económico, ecológico, sanitario, social, educativo y político— y nadie parece estar tomando seriamente el hecho de que la disolvencia múltiple que ocurre en ellos es una fuente clarísima de inestabilidad regional, de presiones migratorias inmanejables hacia otros países o de enloquecimiento ideológico y religioso que no se confina a las fronteras físicas de esos Estados, sino que se convierte en una amenaza de la que nadie escapa en el resto del mundo.
No hace falta ser adivino para anticipar que si llegase a pasar algo parecido en Bangladesh, Etiopía, Chad o Somalia, por ejemplo, las imágenes de muerte, desolación y desesperación que veríamos serían reveladoras de que el infierno no sólo existe, sino que puede multiplicarse.
El problema de fondo, entonces, no es el sismo en Haití, sino que éste ocurrió tras años de desinterés e indiferencia de gobiernos como Francia, Estados Unidos, España y la mayor parte de los de América Latina, y ante la relativa ineficacia de las distintas misiones que Naciones Unidas ha enviado a Puerto Príncipe.
Son bienvenidos todos los apoyos ante la emergencia de Haití, pero la construcción de un país real y viable no se consigue tan sólo con medicinas, botellas de agua o cobertores. Hace falta bastante más. Los principales países de la comunidad internacional tienen, ahora, la responsabilidad de evitar que esta tragedia se repita en otras naciones igualmente miserables
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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