Es perfectamente legítimo que el Presidente de la República y el nuevo dirigente del PAN quieran que el PRI no gane las elecciones de 2012 y están en su derecho, dentro de las reglas del juego legal y democrático, de hacer todo lo que esté en sus manos para impedirlo.
Pero, a juzgar por el panorama político, económico y demoscópico actual, el probable derrumbe del PAN va mucho más allá de los buenos deseos de sus líderes y tiene que ver con los mismos motivos por los que el electorado de cualquier parte del mundo echa de tarde en tarde a los partidos gobernantes: porque está harto de ellos y los reemplaza. De ser así, Calderón y Gustavo Madero tendrán que examinar con realismo sus opciones y éstas, por ahora, no son muchas.
En tiempos de estancamiento económico, insatisfacción democrática y sistemática erosión mediática, doce años en el poder son demasiados. Durante este lapso, además, el PAN no ha logrado superar el trauma que le significó llegar a la presidencia, no se acostumbra a lidiar con un ejercicio del poder que frecuentemente es incompatible con una visión principista, y parece estar más relajado en la oposición que en el gobierno.
Sus presidencias, por otro lado, han sido, aunque por razones distintas, ineficientes. La de Fox inició y terminó prácticamente la noche en que ganó las elecciones y su herencia, además de mediocre, fue un regalo envenenado. A la de Calderón, si bien más decidida y profesional en algunos aspectos, le estallaron crisis larvadas de tiempo atrás: inseguridad y violencia, el desastre financiero internacional de 2008, la disfuncionalidad del régimen político que hizo imposible mejorar los niveles de concertación con el conjunto del arco partidista y, una cuarta, ésta sí muy propia, la falta de encanto para seducir a un electorado cruel y caprichoso y hacer comprensible el estilo y la misión de su presidencia.
Es casi imposible que en 18 meses pueda el gobierno panista cambiar la narrativa, entre otras cosas porque no estará resuelto el problema de la violencia ni el electorado percibirá entonces un aumento significativo en su situación económica, las dos preocupaciones principales del mexicano promedio.
Tampoco será fácil modificar la percepción sobre algunos de sus gobiernos estatales marcados por el escándalo de la corrupción, la incompetencia, el abuso o la vulgaridad, como el de Morelos, de Sergio Estrada; el de Aguascalientes, de Luis Reynoso, o el de Jalisco, de Emilio González.
Las cartas del PAN, pues, son pocas. Una, desde luego, es descarrilar, mediática o judicialmente, a quien sea el candidato del PRI. La otra es que si Calderón aborrece la mera idea de entregar la estafeta al PRI y quiere evitarlo, no le va quedando más camino que procesar dentro del complicado laberinto de su partido, confiando en que le funcione, una alianza con otras formaciones y un candidato externo.
En política, a veces, hay que ganar perdiendo. |