En cierta medida es irrelevante discutir si el presidente Calderón tiene o no razón al advertir que un triunfo del PRI en 2012 representa una regresión al pasado. Calderón está finalmente en su papel como político que se siente más cómodo haciendo oposición que gobierno, que se mueve mejor en el combate partidista que en la ingeniería del poder y que lleva el desprecio al PRI en su código genético.
Impedir esa hipótesis, en su visión íntima, no es sólo un objetivo concreto sino casi una hazaña histórica.
Por esa circunstancia es ocioso tratar de refutarlo a partir de los resultados de los gobiernos panistas en el nivel nacional y en los estados, muchos de los cuales han sido ejemplo de incompetencia y abuso, o amenazarlo con negarle acuerdos legislativos, los cuales han sido pocos y discretos estos años.
La pregunta en realidad es otra y le corresponde responderla al PRI: ¿por qué es la opción de futuro para México? Para efectos de la ciudadanía y de lo que México necesita, ésta es la discusión central. Veamos.
Los medios han documentado en estos días el balance de los diez años de presidencias panistas. México crece muy poco; la pobreza no baja al menos con la rapidez de países como Brasil o China; la educación está en pésimo estado; los monopolios y el corporativismo siguen lastrando el desarrollo sano de los mercados; la transparencia ha sido un avance pero no logra inhibir conductas ilícitas; el poder judicial federal funciona pero permanece el desencuentro endémico de los mexicanos con la ley, y la democracia ha perdido su encanto inicial y ya no es un elemento atractivo en la agenda pública.
La dimensión de algunos de esos males viene de ahora, otros de ayer y varios más de hace décadas, y ya no basta identificar las fechas exactas o las responsabilidades concretas.
Lo que cualquier mexicano sensato exige es que quienes quieren gobernar le digan cuáles son sus credenciales intelectuales y políticas para hacer gobiernos altamente efectivos, por qué ellos son mejores que los otros, por qué creer que harán muy bien las cosas o, en síntesis, cuál es el proyecto que le proponen al país y por qué confiar en que lo llevarán a cabo.
El PRI necesita hacer una reflexión de fondo que intente construir una visión y un proyecto de futuro que incluya las prioridades estratégicas, y ofrezca señales, desde ahora, de que es capaz de tomar decisiones críticas, de ser selectivo en sus alianzas, de parecer al menos un partido distinto.
Toda política anclada en el pasado es, ciertamente, una tragedia. Pero no saber si alguien puede conducir a una nación al futuro es un suicidio. |