El Cardenal Juan Sandoval Íñiguez pateó un avispero con las declaraciones hechas en Aguascalientes respecto a la aprobación de los “matrimonios” entre personas del mismo sexo y la adopción autorizada a quienes han realizado alguna de esas uniones.
El Arzobispo de Guadalajara dejó entrever que los ministros de la Suprema Corte habían sido de alguna manera sobornados por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal para que las leyes aprobadas en el Distrito Federal no fueran declaradas opuestas a la Constitución.
Los Ministros de la Suprema Corte, los mayormente afectados por el comentario, protestaron sin hacer excesiva alharaca.
En cambio, Marcelo Ebrard puso el grito en el cielo (bueno, en la bóveda celeste, ya que él no está para andar creyendo en esas cosas) y anunció que si no recibía una disculpa pública del Cardenal entablaría una demanda por daños morales.
Pero el Cardenal, modificando la célebre frase de Pilatos, simplemente añadió: “Lo dicho, dicho está.”
Hay que aclarar que ningún biógrafo del Cardenal Sandoval podrá decir que se distinguió por la delicadeza y tersura de sus declaraciones; ni su caso podrá ponerse como ejemplo en las escuelas de Relaciones Públicas. En los años que lleva al frente de la Iglesia Católica en Guadalajara se ha distinguido por no tener pelos en la lengua y porque no se le aflojan las piernas al llamar a las cosas por su nombre, aunque no de la manera más amable ni diplomática.
Sandoval no se anda con tibiezas, pero es cierto que se ha equivocado muchas veces y ésta fue una de ellas. El que no esté de acuerdo con las leyes aprobadas en el Distrito Federal ni con la validación constitucional que hizo la Suprema Corte, no le da derecho a acusar de corrupción sin tener las pruebas de ello, en cuyo caso efectivamente debe presentarlas.
Y por lo que hace a Ebrard, que a imitación de su mentor ha cerrado el pico ante acusaciones de corrupción graves y patentes como los videos de Ahumada y las denuncias de corrupción en la seguridad pública del DF cuando ésta estaba a su cargo, salta ahora para defender su integridad (y con pleno derecho a hacerlo). Sin embargo, cualquiera intuye que mayor daño moral le han hecho las denuncias de que es un mandadero del Peje y de que atropelló la ley en el caso de Juanito en Ixtapalapa, ante las que se mantuvo callado.
Ahora, aprovechando la oportunidad que le dio el Cardenal, busca notoriedad ante los sectores izquierdistas y ultra liberales en aras de una posible campaña presidencial que ”con la venia de la autoridad” pudiera anunciar en fecha próxima.
Sólo que para llegar a la Presidencia necesita además de los votos de esa izquierda, los de muchos millones más. Y esos votantes no acaban de hacerse a la idea de Ebrard en Los Pinos luego de lo que ha sucedido en el DF desde que está al frente del gobierno: pocos avances reales en seguridad y en bienestar y mucho ruido de manifestaciones y marchas, además de imponer mediante mayoriteo el aborto, los “matrimonios” homosexuales y la adopción por parte de estas parejas.
Si el Cardenal pateó un avispero, Ebrard se está metiendo en él. Las repercusiones de ese conflicto no serán favorables para Ebrard. Se pondría al nivel del dictador venezolano Hugo Chávez, empeñado en comprar un conflicto con la Iglesia Católica luego que lo ha comprado ya con empresarios, con sectores académicos, con intelectuales y con los gobiernos de varios países.
Los electores mexicanos tienen aún fresca en la memoria la ocupación de la Avenida Reforma y el bloqueo del Zócalo y Ebrard debería ser el primer interesado en que no lo recuerden. Por eso, hay ocasiones en que conviene no tener la piel tan fina.
O si realmente queremos salir del surrealismo mexicano, comencemos por reconocer que con estas leyes se afecta directamente a los católicos, que con todo lo que se diga, siguen siendo una abrumadora mayoría de los mexicanos.
Mal se vio el Cardenal Sandoval; ojalá hubiera expresado sus argumentos sin meterse en camisas de once varas. Y peor Ebrard, empeñado en ganar notoriedad a costa de un conflicto.
Y si se exprime más el tema, Sandoval ya alcanzó parte de su objetivo: llamó la atención sobre esas leyes que afectan a las familias católicas mexicanas. |