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Formarse, para formar a los hijos
¿Qué teoría pedagógica debo seguir?
  • Responsabilidad primaria de los padres de familia
  • La importancia del sentido común
  • Aprender de los propios errores
Aguascalientes, MÉXICO, a 31 de mayo del 2010

 

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Por Carlos Fonz

Después de algunas semanas, reiniciamos las reuniones de matrimonios amigos, con el convencimiento de que son muy enriquecedoras ya que permiten compartir inquietudes y puntos de vista sobre diversos temas. Este grupo de amigos se integró desde hace años, cuando nuestros hijos estaban en el mismo colegio. Con el tiempo los hijos salieron del colegio, fueron a la universidad y tomaron cada uno su propio camino, pero la amistad del grupo se ha mantenido gracias a los contactos frecuentes.

Unos de esos amigos regresaron recientemente de un viaje largo por un país de habla inglesa y se sorprendieron de que en la programación habitual de la TV encontraron espacios dedicados al tema de la convivencia familiar y la educación de los hijos. Al parecer, en aquellos países han surgido tantos especialistas en temas de educación y con teorías tan dispares que muchos padres y madres de familia se encuentran ya en un dilema: o siguen lo que ellos consideran que deberían cuidar en la educación de los hijos, o siguen las teorías de personas con estudios especializados en educación.

Respecto a esto, lo principal es tener las ideas claras: la educación de los hijos nos corresponde en primer lugar y de manera irrenunciable a los padres de familia. Nadie mejor que lo padres de familia para educar a los propios hijos, inculcarles los valores y las actitudes que los lleven a ser personas plenas en todos los aspectos de la vida: en lo personal, en lo familiar en lo social y en lo profesional.

En esta responsabilidad no nos suple ni la escuela o el colegio, ni el estado y sus autoridades, ni los abuelos o tíos, ni siquiera la parroquia de la que formamos parte o el sacerdote del templo al que asistamos habitualmente. Esa responsabilidad de los padres es primaria e intransferiblemente nuestra y de nadie más. Por ello debemos seguir en la educación los valores que nos son propios.

Por supuesto que, como padres responsables que deberíamos ser, tenemos la obligación de formarnos para a formar a los hijos. Pero a ningún especialista en pedagogía o en psicología le van a exigir cuentas de si nuestro hijo es un irresponsable, un desadaptado o un delincuente. Insisto en que esa responsabilidad es de los padres antes que nadie, y cuando el hijo sea capaz de tomar sus propias decisiones, será también de él mismo.

Los consejos que puedan darnos los expertos o en el colegio serán bienvenidos, las ideas que podamos tomar de los estudiosos de la ciencia educativa o de la conducta serán bienvenidas, las doctrina moral y ética será bienvenida, ya que nos ayudará a formarnos, pero nos corresponde solamente a nosotros, en primera instancia, dosificar la formación de los hijos en la medida en que la prudencia nos aconseje.

Finalmente, en eso de la educación de los hijos tiene una gran importancia algo que todos tenemos o deberíamos tener: el sentido común. El sentido común nos dice que debemos hacer énfasis en la disciplina y el orden con aquel hijo o hija que se levanta a la hora que quiere, que hace sus comidas a la hora que quiere, que estudia cuando quiere y que responde y obedece cuando quiere. No requerimos de que grandes expertos nos aconsejen o nos adviertan. Cuando percibimos que algo no va bien con un hijo, lo más probable es que no vaya bien, sin necesidad de grandes teorías o justificaciones.

Si esperamos a tener todos los elementos y respaldos teóricos, ese hijo o esa hija tardará en corregirse, alterará aún más la marcha de la familia, complicará el trabajo de la casa, tendrá malos resultados académicos, se hará más caprichoso y de no modificar su conducta, muy probablemente sea infeliz en su vida ya que tendrá problemas en el trabajo, en la relación social, en la convivencia con la familia que forme si es que llega a hacerlo.

Nos corresponde a los padres corregir y encauzar de nuevo por un buen camino, sin hacer caso a teorías demasiado permisivas. Por supuesto que la corrección debe hacerse con toda la delicadeza y el cariño posible, ya que para que la educación rinda frutos debe ser flexible y comprensiva pero además paciente. Los hijos son como árboles que tardan años en consolidarse y en dar frutos, pero darán fruto muchos años, mientras vivan. .

Por ello insisto en que si algo en la conducta de un hijo nos parece mal a un padre o a una madre de familia, lo más probable es que efectivamente esté mal. Por supuesto que debemos cuidar que nuestra intención sea recta, es decir que al momento de corregir no estemos irritados por la conducta del hijo, sino que nos mueva solamente la decisión de buscar su bien. Y si para ello hay que esperar un mejor momento, debemos hacerlo. Pero eso está lejos de la actitud de esperar y esperar hasta que tengamos una justificación teórica completa.

Cuando un padre o una madre actuamos de esa manera, es difícil equivocarse. Y en todo caso, podemos disculparnos y aprender de nuestros propios errores. Pero como padres tenemos siempre un recurso adicional: preguntarnos que haría o cómo actuaría en esas circunstancias un buen padre o madre de familia. Si fuera el caso de que nuestros propios padres no hubieran sido un buen ejemplo (lo cual es improbable, pues si queremos educar bien a los hijos, seguramente que esa enseñanza la aprendimos de nuestros padres) pensemos en cómo actuarían personas que nos merezcan confianza y respeto y a las que admiremos por la manera en que llevan su familia ya que han sabido educar a hijos responsables, colaboradores, cariñosos, con empuje profesional y personal, buenos ciudadanos, etc. Si hacemos eso, casi nunca fallaremos.

Por lo demás, los padres nunca dejaremos de aprender de nuestras propias fallas. Pero la idea es clara, aunque haya cientos de teorías, y de buenas teorías educativas, la responsabilidad de educar a los hijos es nuestra y las teorías deben respaldar nuestra intención de formar los hijos con los que hemos soñado. Porque no podemos negar que todo padre y madre de familia hemos soñado con tener hijos responsables, trabajadores, alegres, agradecidos, exitosos, felices en una palabra.

 
 
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