Por Carlos Fonz
Hace un tiempo leí un relato que trataba justamente de afrontar las dificultades por graves que parecieran y lo ilustraba con el caso de Jerry, un hombre que se caracterizaba por un buen humor contagioso que había hecho de su restaurante el sitio preferido de los clientes ya que ahí se estaba a gusto. Cocineros, meseros y jefes del restaurante se esmeraban en atender con prontitud y buen humor y encontraban la manera de solucionar tanto las dificultades propias como las de sus clientes.
Por las noches, cuando los clientes ya se habían retirado y el personal se había ido a descansar, Jerry se quedaba aún unos minutos para terminar de ordenar su oficina y guardar el dinero en la caja fuerte. Una noche, se sorprendió al ver en su oficina a dos jóvenes poco amistosos que lo amenazaban con una pistola y le pedían el dinero de la venta del día. Luego se supo que el último empleado en salir dejó la puerta abierta.
Jerry se dio cuenta de que no tenía alternativa, y comenzó a mover las perillas de la combinación en la caja fuerte. En eso, los nervios traicionaron a uno de los asaltantes, quien disparó varias veces sobre Jerry, quien cayó malherido.
Al escuchar los disparos y ver salir a los delincuentes, los vecinos llamaron a la policía y ésta a su vez a la ambulancia. Minutos después, Jerry, tendido en una camilla ingresaba casi inconsciente a un hospital y varias personas se abalanzaron para atenderlo, ante la gravedad del asunto.
Con el escaso aliento de vida que le quedaba, Jerry se dio cuenta de dos cosas: de que un médico movía la cabeza como diciendo Este hombre viene muerto, ya no tiene caso hacerle nada, y de una enfermera que le hacía a gritos una pregunta (¿Es alérgico a algo?). Jerry supo que le quedaban pocos segundos de vida y que debería hacer algo para que lo atendieran y no lo dieran por perdido, por lo que ante aquellos gritos de ¿Es alérgico a algo?, susurró con voz apenas audible Sí.
Esa sola palabra dejó a todos en silencio y la enfermera volvió a gritarle ¿A qué es alérgico?. Todos se quedaron en silencio para escuchar la respuesta de Jerry: "A las balas”.
Una carcajada general rompió la tensión del momento antes de que Jerry añadiera "Quiero vivir. Así que, por favor, hagan todo lo posible… y cuanto antes”
A partir de ahí, Jerry no supo de sí hasta días después, cuando recobró la conciencia en el momento en que lo sacaban de la Terapia Intensiva para llevarlo a una habitación a fin de que terminara de recuperarse. Doctores y enfermeras le dijeron que gracias a aquellas dos respuestas, se dieron cuenta de que estaba aún vivo, que tenía unas ganas inmensas de vivir, y de que ni en un momento como aquel perdió su sentido del humor. Eso le ganó la simpatía de todos, y un cuidado más atento y esmerado.
Esa anécdota la he comentado en casa cuando alguno de mis hijos se pone de malas porque uno de sus compañeros no le envía a tiempo su parte del trabajo que hacen en equipo, o cuando algo no sale según lo previsto, o si algún aparato no funciona en el momento en que más se necesita.
De nada sirve ponerse de malas, les digo: pasan ustedes un mal rato, hacen que lo pasemos los demás y además no solucionan nada con esa actitud.
Y es que las dificultades no se resuelven con gritos, malos modos ni con azotar las puertas o aventar el teléfono.
Las manifestaciones de impaciencia y de violencia que vemos en el cine y en la TV son solamente manifestaciones de lo impacientes, infantiles y caprichosos que son los personajes de películas, series y telenovelas. El temple ante las dificultades se logra poco a poco y viene como una consecuencia de educar la voluntad para que lo adverso no nos lleve a la desesperación y menos a la desesperanza.
Pero no basta con hacerlo de cualquier modo. Ayuda mucho, a nosotros mismos y especialmente a quienes nos rodean, si además de enfrentar las dificultades lo hacemos con buen humor. Recordemos que, por lo general, los problemas que se nos presentarán son los ordinarios, pues tal vez solamente pocas veces en la vida enfrentaremos algo realmente grave. Y les deseo que jamás se encuentren en una situación tan grave como la de Jerry.
Pero si no nos entrenamos cada día y entrenamos a nuestros hijos para saber afrontar con buen ánimo las dificultades ordinarias, ¡imagínense lo que haremos ante las extraordinarias!. |