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Opinión

 

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José de Jesús CastellanosJosé de Jesús Castellanos:Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva. Periodista desde 1968. Maestría en Desarrollo Humano y Diplomado en Filosofía Política. Catedrático universitario. Participa en diversas organizaciones sociales.

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Los muros de la democracia
  José de Jesús Castellanos
 

josecast48@yahoo.com

Aguascalientes, MÉXICO., a 30 de noviembre del 2009

 

Con razón el mundo ha celebrado el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. Su derrumbe fue, en 1989, el símbolo del cambio de toda una época, y aunque subsisten sistemas como el que simbólicamente aislaba al muro del mundo occidental, aquel suceso fue una muestra palpable de cómo el totalitarismo marxista era inviable.

El muro cayó como una implosión en la cual el anhelo de libertad fue incontenible y la confusión de los verdugos tal, que no hubo forma de impedir el desbordamiento sobre aquellas paredes de ignominia que tantas vidas costaron.

El socialismo real, que se construyó sobre quimeras utópicas a partir de una falsa concepción del hombre y de la vida social, no satisfizo ninguna de sus ofertas, empezando por la justicia. Menos aún, se fundó en la libertad.

Su concepción totalitaria pretendió la construcción del gran Leviatán que, como un todo, anulaba la individualidad de la persona y la sumía en el todo social del Estado, en una redención que consideró necesaria la dictadura del proletariado. Lo único real fue la dictadura, en beneficio de lo que Eudocio Ravines calificara como “La Clase Dorada”: la nomenklatura burocrática de los privilegiados del partido.

Por desgracia, hoy esa hidra revive envuelta en la bandera de un “bolivarianismo” sin Bolívar, pues niega lo que el libertador sudamericano afirmó y busco; emerge, también, sobre un indigenismo mítico, que al no poder rescatar unas raíces muertas, recurre a la invención, a la fábula, al rescate de lo no escrito y cuya tradición oral quedó sepultada en la historia del mestizaje.

Estos nuevos muros, que proclaman un socialismo aún más utópico han surgido, es verdad, porque el modelo subsistente después de la caída de El Muro, no ha logrado, tampoco, cubrir los anhelos de libertad y justicia plena para millones de seres humanos que viven en la pobreza material y moral, sin esperanza de un mundo y una vida mejor.

Occidente, o más bien sus potencias, se erigieron orgullosas de lo que interpretaron su victoria, sin percatarse de que la utopía se había infiltrado en su seno, y aunque ya no se proclama abiertamente socialista, ha ido inoculando sus ideas poco a poco, a partir de universidades, de políticos y de teorías sociales que, sin que muchos se percaten de ello, están generando una verdadera regresión en el mundo de las ideas, en las leyes y las instituciones.

Se teje un nuevo totalitarismo en nombre de una democracia.

En Occidente se trabaja dizque con las ideas de la democracia liberal, o aprovechando sus deficiencias y contradicciones, por destruir lo que consideró su mayor aporte: la defensa del individuo, de la persona humana, frente a los abusos del Estado. La democracia occidental moderna se edificó, como ha explicado claramente Giovanni Sartori, sobre la afirmación de la dignidad del individuo como un fin en sí mismo; a partir de la defensa de su libertad, y con la convicción de que el hombre no es para el Estado, sino éste para el hombre.

Sin embargo, hoy, supuestamente bajo la bandera de la tolerancia y del pluralismo, se ha levantado un muro de leyes que impiden la vida y su desarrollo pleno. Dizque afirmando la individualidad y la dignidad de la mujer, se han propuesto un conjunto de leyes que no por ser mayoritarias son democráticas, en el sentido que he señalado de defensa de toda persona en su individualidad.

Por el contrario, este tipo de leyes se asemejan a las que imperaron en la polis griega, que aunque se aprobaban directamente por los ciudadanos, no permitían la disidencia, sino que unificaban y asimilaban al ciudadano con la sociedad, impidiéndole su libertad. A eso estamos regresando.

Los caminos por los que tenemos esta regresión son sinuosos y complejos, pero hacia allá conducen. Se fundan en sofismas, medias verdades; derechos auténticos interpretados con un absolutismo, que se vuelve capaz de agredir a otro ser que es semejante e igual en derechos, aunque en una etapa de menor desarrollo, de dependencia, que lo hace el más vulnerable de los seres humanos, como es el caso del aborto, o el de la eutanasia impuesta. Es la ley en toda su crueldad, que volvería a asesinar a Sócrates, si viviera.

Algo semejante ocurre frente a quienes negamos que sea conforme a la naturaleza los matrimonios entre homosexuales y el homosexualismo mismo. Frente a esta disidencia, se ha formado lo que ya es conocido como “la inquisición gay”, que ha erigido la censura que impide la disidencia, ahogando así la pluralidad.

Se ha convertido en una intolerancia que esta vez no es de la mayoría, sino de una minoría militante y activa, que ha impuesto su “pensamiento único”, dizque para impedir una discriminación que no es tal, pues no existe el derecho que pretenden imponer como institución social.

Estos muros son invisibles. Para muchos pasan desapercibidos, pero son reales. Se teje un nuevo totalitarismo en nombre de una democracia que no es la liberal de Occidente, sino la comunitaria absorbente y anuladora de la persona y la libertad, que imperó en Grecia y que fue tal su desprestigio, que su huella se borró durante siglos, aunque aún muchos piensan que fue el antecedente de la que se implantó en Occidente.

       
Cortesía de www.yoinfluyo.com
         
       
 
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