El mensaje del Presidente Felipe Calderón del pasado 2 de septiembre había sido largamente esperado desde el 3 de julio de 2000.
Aquella madrugada, quienes se congregaron en torno al Ángel de la Independencia en el Paseo de la Reforma para recibir al candidato triunfador que venía de las oficinas del PAN en Coyoacán, al escuchar su promesa de que "a partir de mañana" empezaría el cambio, en un coro espontáneo, le respondieron: "¡Hoy!, ¡hoy!".
Como Fox volviera a instar "mañana, mañana, nuevamente la respuesta fue "¡hoy!, ¡hoy!". El Presidente electo no se percató de que ya no era el 2 de julio, sino la madrugada del 3. Por eso nunca dio la respuesta correcta.
También aquella madrugada quienes lo apoyaron, pero no de manera incondicional, le corearon: "¡No nos vayas a fallar!". Y hubo muchos que seis años después se sintieron decepcionados porque el ímpetu, coraje y entusiasmo de la campaña se diluyó a la hora de los resultados.
El esfuerzo realizado no fue percibido, los logros alcanzados se perdieron y muchos de los cambios esperados ni siquiera se intentaron. Vicente Fox fue un líder electoral y simplemente un hombre que intentó hacer un buen gobierno. Por eso a Felipe Calderón le costó tanto trabajo ganar y convencer que lo había hecho.
Tres años de paciente y difícil labor le han costado a Calderón remontar las resistencias perredistas y vencerlas, pues hoy, como quiera que sea, se le reconoce Presidente de la República.
Sin embargo, llega a este momento en medio de la crisis, cuya magnitud no se previó, pero que no ha sido peor porque Fox dejó unas mejores condiciones económicas del país, de las que heredaron en su momento López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Si hubiéramos tenido a los presidentes priístas que siguieron a Echeverría, el país sería un desastre. Pero nadie se acuerda o lo quiere recordar.
Pero las cosas no son ni serán fáciles en adelante. Fox no pudo hacer los cambios porque no contó con el Congreso adecuado ni logró las alianzas que eran necesarias, pues el PRI le prometió apoyar los cambios, pero nunca le cumplió. A la hora de la hora se rajaron, pensando que si él fracasaba ellos volverían al poder. Pero los cálculos les fallaron y pasaron a ser la tercera fuerza del país.
Una vez que el perredismo emergente de 2006 se ha derrumbado, el PRI vuelve a recoger a sus migajas y enciende velas de esperanza en retornar al poder. Las encuestas, aunque sean pagadas por ellos, así se los anuncian. Pero también se dan cuenta de que México ha cambiado y no pueden volver igual ni recibir un país destrozado. Eso lo ha medido el Presidente Calderón y ha hecho, por fin, la propuesta de dar el golpe de timón del que muchos hablan, pero pocos quieren en verdad.
Ante el llamado presidencial del 2 de septiembre en Palacio Nacional ya no puede haber disimulos. Ha sonado la hora. No se trata de una simple anécdota. Ha sido el reconocimiento, por un lado, de que lo hecho es insuficiente e insatisfactorio, y, por el otro, todos admiten que la crisis misma, no causada desde dentro, pero que nos ha devorado, nos genera las condiciones para los cambios necesarios, ya no los posibles. Así lo planteó el Presidente, así los debemos ver y asumir, y en esa misma dirección debemos responder.
Hoy no queda otra que sumarnos todos para trabajar por México, sin cálculos mezquinos.
A diferencia de lo que ocurría en julio de 2000, ahora no son los votantes los que piden el cambio. Ahora es el propio Presidente. Y así como en aquel amanecer de 2000 la respuesta no llegó, ahora nosotros podremos saber si los otros partidos y la sociedad damos la respuesta solicitada y emprendemos las acciones, dispuestos a pagar el precio que representen, pero decididos a abandonar el camino de la mediocridad en que nos sumió el autoritarismo del pasado y el sabotaje revanchista de los perdedores y quienes medran con caricaturas de partidos políticos.
El Presidente ha planteado 10 puntos con los cuales, creo yo, nadie puede estar en desacuerdo. Los cambios urgen, pero en serio. Le urgen al Presidente y nos urgen a los mexicanos. Él ya inició algunos, pueden discutirse si se quiere, pero el movimiento está. El Presidente mueve las piezas que le permiten sumar y actuar como no se estaba haciendo.
Lo hecho es un buen anuncio, aunque no es suficiente, esperamos más. Pero, al mismo tiempo, es necesario que existan señales claras del otro lado: los partidos de la oposición, la sociedad; los medios de comunicación, que engolosinados con su negocio amarillista no dejan de serrucharse y serrucharnos el piso; de los críticos sistemáticos que nada aportan, nada hacen y nada suman, pero sienten que lucen.
México vive, analógicamente hablando, una situación similar a la de 1847 ante la invasión del territorio nacional. Todos critican, dejan pasar al enemigo y hasta le aplauden, mientras el país se derrumba.
Hoy la situación adquiere tintes semejantes frente a la crisis, muchos restan y pocos suman. Aun los que aplauden el mensaje de Palacio Nacional, lo dejan en simples palabras y ya auguran su fracaso y, por tanto, consideran que ni siquiera vale la pena intentarlo. Ése es el verdadero antipatriotismo en el mes de la patria.
Hoy no queda otra que dar el sí al Presidente Felipe Calderón y sumarnos todos para trabajar por México, sin cálculos mezquinos.
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