Aunque muchos no admiten todavía que el triunfo de Rodríguez Zapatero, el presidente del gobierno de España, en la primavera de 2004, fue en buena medida la inesperada consecuencia de la matanza en la principal estación ferroviaria de Madrid y del desastroso manejo del gobierno de Aznar al respecto, el tiempo ha venido mostrando que la historia, la herencia y la implantación del PSOE no son valores suficientes para sostener un gobierno que parece hacer agua por todos lados.
Quienes lo conocen suelen subrayar los extraordinarios contrastes entre la zafiedad con que Zapatero ha querido dirigir España y los liderazgos que, en distintos momentos, mostraron Adolfo Suárez y Felipe González para llevar a cabo la transición política y la consolidación de la democracia.
El primero, desde luego, ha sido la escasa visión que Zapatero tiene no sólo del mundo sino de la propia Europa, razón por la que ha colocado a España en el vagón de cola en las cumbres de las principales economías a las que finalmente ha logrado acudir como una especie de invitado ad later del presidente francés Sarkozy.
Tómese, por ejemplo, el extravío en la política hacia América Latina, donde en la práctica se ha venido produciendo una especie de privatización de la diplomacia encarnada por las empresas españolas que prefieren conducir sus negociaciones o defender sus intereses por canales distintos al de la relación formal entre los Estados.
En buena medida, el origen de esta disfunción, por llamarle de alguna manera, se encuentra en el tremendo error conceptual y estratégico que cometió Zapatero —en especial bajo la influencia de Leire Pajín, hoy número 3 del PSOE— al suponer que dicha relación debía guiarse bajo la misma dinámica de cooperación colonial ejecutada en el África subsahariana y no atendiendo a la realidad de que el principal inversionista europeo en América Latina y el Caribe es ya España y, por ende, exigía un diseño muy diferente.
Más aún: en los hechos, Felipe González parece haberse convertido en un canciller ex oficio más efectivo para los intereses económicos de España en la región que el propio ministro de Relaciones Exteriores.
El otro problema grave es de política doméstica, y tiene que ver con el enorme deterioro de la situación económica debido no sólo a la crisis financiera internacional, sino también al populismo con que Zapatero tomó decisiones fiscales que alteraron la estabilidad macroeconómica y produjeron la huida del ministro económico de su gobierno. El saldo es un déficit público de 10% del PIB y una tasa de desempleo situada en casi 18% (y probablemente dos puntos más en 2010), el doble que en la llamada Eurozona.
La lección es clara y es válida para muchos gobiernos: no se puede gobernar desde la irresponsabilidad económica.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
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