Si en política basta cometer el primer error y todos los demás son consecuencia, otro de los problemas en el examen panista de su debacle electoral es la ineficacia de su diseño de campañas.
Cuando estaban en la oposición sonaba bien un abanico de frases envueltas en la manta democrática, pero el modelo se agotó. Véase por ejemplo el caso reciente de Nuevo León.
En ese estado, el PAN partió con dos dígitos de ventaja pero cometió varios errores estratégicos graves. Uno fue su incapacidad para procesar las tensiones internas y dejar que la dirigencia nacional impusiera al candidato a gobernador; éste, a su vez, no supo cicatrizar las heridas y fincó su campaña sobre una imagen de sí mismo que, a juzgar por los resultados, no correspondía con la realidad.
Otro fue elegir mal la propuesta de campaña. Al centrarse en la inseguridad, omitió que, como lo sugiere el trabajo de Fernando Escalante Gonzalbo en la revista Nexos de septiembre, éste es un tema en extremo resbaloso porque se ha asentado en la percepción más que en los hechos duros; en cambio, el de la crisis económica y el desempleo son crecientemente tangibles y medibles en la vida de las familias y, por ende, castigan al partido que gobierna. La gota que derramó el vaso fue cerrar su campaña llamando “criminales” a los del PRI, lo que pulverizó toda credibilidad del candidato panista. Y uno más fue que no logró salirse de la polarización que el PRI le impuso al nominar a un candidato joven y enérgico contra un oponente cansado y sin entusiasmo. La decisión, al final, era obvia: si toda elección oscila entre continuidad y cambio, el símbolo del cambio fue visto en el candidato del PRI.
El siguiente planteamiento en el psicoanálisis panista –amarrar las manos de los gobernadores priistas– puede ser un tiro en la culata, al menos por dos razones.
La primera es que, allí donde gobiernan, sus Ejecutivos también han salido buenos para aceitar las maquinarias electorales. En Aguascalientes, por ejemplo, la administración panista ha manejado a su antojo prácticamente todos los programas sociales y los fondos federales y ha hecho un derroche presupuestal pensado, entre otras cosas, para hacer negocios y para ganar elecciones; no es una casualidad que justo el secretario de Finanzas del actual gobernador, es decir, el poseedor de los secretos del reino, fuese impuesto como candidato y luego apoyado plenamente para ganar, si bien con una diferencia mínima, su distrito electoral. La otra es que la versión de que los priistas tienen una mejor maquinaria territorial es cierta, pero lo mismo podría decirse de los panistas que, con la plena y activa complacencia del gobierno federal, controlan las delegaciones federales en los estados con todo lo que ello supone en materia de recursos, movilización y facultades de decisión.
Si el PAN quiere, en suma, ganar elecciones, tendrá que volver a lo básico, pero no de su historia sino de la política real: dar resultados concretos, hacer gobiernos efectivos, ganar las batallas de la astucia, las ideas y los medios.
Se reproduce con la autorización del diario La Razón www.razon.com.mx
|