Por Carlos Fonz
Por cuestiones de parentesco y de amistad guardo una relación estrecha con dos familias españolas que en los últimos años han pasado por circunstancias que de alguna manera tienen ciertas similitudes.
Las dos familias tienen hijas jóvenes y los padres de familia suponían que estaban muy en contacto con ellas, que les habían transmitido sus valores en cuanto a la importancia de formar una familia llegado el momento. Pero a las dos les sucedió que un buen día una de sus hijas les salió con la novedad de que … estaba esperando un bebé.
La ilusión de ver a la hija bien casada y de que formara una familia como había sido la de ellos se vino abajo. Y de inmediato, después de la sorpresiva noticia, vino la pregunta: ¿ahora, qué vamos a hacer? Y es que en los dos casos las jovencitas eran menores de edad y les correspondía a sus padres plantear las diversas maneras de afrontar el asunto.
La idea de abortar es aberrante y
debe desecharse: el bebé no es culpable
La idea de sugerir a la hija que abortara le pasó momentáneamente por la cabeza a unos de ellos, aunque la desecharon de inmediato al darse cuenta de que serían aún más incongruentes con sus valores.
Otra de las ideas era presionar al chaval padre de la creatura para que se casara, y una más era que el bebé naciera y de inmediato fuera dado en adopción. Finalmente, se dieron cuenta de la inmadurez de los jóvenes y de que presionarlos a casarse sería añadir un error al que ya habían cometido ellos.
En las dos familias, que ni siquiera se conocen entre sí, prevaleció la decisión de que la hija siguiera en la casa, que afrontarían el asunto ante la familia y amigos y que el bebé sería criado en la casa corriendo los gastos por cuenta de los ahora padres y próximos abuelos, que la hija dejara por un tiempo los estudios para cuidarse y una vez que naciera el bebé encargarse de él por las noches y en buena parte del día.
Dos vidas que fueron la alegría de la casa
La vida de las dos casas se alteró radicalmente, y con el tiempo las tensiones se aligeraron. Los embarazos llegaron a feliz término y nacieron dos hermosas y sanas niñas. La reticencia inicial de los abuelos y abuelas fue pronto vencida por el bullicio que supone tener en casa un bebé que crece y avanza hora tras hora y que permite disfrutar de las primeras sonrisas, de las primeras palabras y los primeros pasos. Para no hacerles el cuento largo, aquellos bebés no esperados, y que fueron motivo de discusiones y caras largas se convirtieron en la alegría de las dos familias y de manera muy especial de los abuelos.
Aceptarlo o rechazarlo, ¿qué hacer?
¿Dónde está pues la diferencia entre los dos casos?. En la manera que se comportaron con el padre del bebé.
Una de las familias, haciendo de tripas corazón, lo recibía en la casa para que viera a la niña, le permitía llevarla a casa de sus abuelos paternos, sacarla a pasear, comprarle ropa y, bajo estrictas reglas, continuar el trato con la madre de la bebé. La pequeña fue registrada con los apellidos paterno y materno. Aquel joven consiguió un trabajo estable, terminó su carrera, maduró a marchas forzadas y con el trato y el tiempo se dio cuenta de que la madre de su hija sería una buena esposa. Se casaron y años después ya tienen más hijos y las relaciones con los abuelos se mantienen normalmente.
En el otro caso los acontecimientos tuvieron otro camino: no lograron superar la antipatía, muy explicable por cierto, contra el causante del embarazo. Le dificultaron ver a la niña, la registraron sin sus apellidos y tanto fue el alejamiento que se convirtió en definitivo. Hace años que no aparece. La hija terminó su carrera, trabaja y se hace cargo de la pequeña que ha crecido en un hogar donde la quieren y donde el abuelo tiene que hacer las veces de abuelo … y de padre.
En ocasiones, estos amigos me han comentado que hubiera sido mejor haber actuado de otra manera. Yo los entiendo porque a nadie le gustan las sorpresas de este tipo, pero hemos comentado que cuando llegan a presentarse conviene valorar muy bien los pasos a dar y la manera de comportarse, pensando también en el futuro.
Desde luego lo mejor es que los noviazgos se lleven no exponiéndose a situaciones que no podrán controlar, que los hijos nazcan dentro del matrimonio y que los cónyuges se mantengan unidos y se apoyen en los avatares de la vida, pero hay casos en que no todo sigue lo que debiera ser.
En los dos casos que he referido, las historias llevan hasta ahora un final feliz, aunque no me cabe duda de que una de esas historias es más feliz que la otra. |