Después del sonado caso de los libros y los prole, ningún tema había conseguido captar la atención de los medios y de las redes sociales como la agresión física y verbal que sufrió el empleado de un condominio de lujo en la zona de Bosques de las Lomas, en la Ciudad de México.
Moisés Daniel Sacal Smecke, miembro de la comunidad judía, en un alarde de violencia, racismo e intolerancia reaccionó de tal manera ante la negativa del empleado a cambiarle una llanta de su coche o a manejar una herramienta para hacerlo, que la emprendió a golpes e insultos contra él. Los hechos quedaron grabados en una cámara de seguridad y en los últimos días circularon profusamente por la TV, periódicos y redes sociales en México.
Es una pena que haya personas como Sacal Smeckeí, que degradan al género humano. Y es, además, una pena que forme parte de la comunidad judía.
Hace unos días recorrí durante horas el Museo de la Tolerancia en la Ciudad de México y, al igual que cualquiera que llegue a visitarlo, me sentí impactado ante la prepotencia, la agresión física, la crueldad y la intolerancia con que millones de judíos fueron tratados por los nazis en los años previos y durante la Segunda Guerra Mundial.
En su mayor parte, las salas del museo fueron montadas gracias a las aportaciones de personas de la comunidad judía en México, país al que agradecen haberles dado acogida cuando en la Europa dominada por la Alemania nazi los perseguían, encarcelaban y torturaban. En aquellos años, cientos de judíos europeos encontraron en México el país que los acogió, les permitió trabajar y progresar y vivir en paz. Y como es de bien nacidos ser agradecidos, en una de las placas del Museo dejan constancia de su agradecimiento al país.
Ya casi al terminar el recorrido, otra placa concreta con una frase la conmoción que la vista de tanto horror pudiera haber causado en el visitante: ¡Ya no más!. Es decir, que la humanidad ya no debiera volver a hechos de violencia, de racismo y de intolerancia que tanto daño causan.
La comunidad judía tiene muchas cosas que se le pueden admirar y que México puede agradecer. De ella han salido personas muy valiosas como profesionales de la arquitectura, de la medicina, de la comunicación, de la administración pública y especialmente del mundo de los negocios. No son pocas las organizaciones educativas, asistenciales y de beneficencia que han recibido sustanciales apoyos de parte de personas o fundaciones de la comunidad judía de México. Pudiera mencionar casos de ciudadanos mexicanos que forman parte de la comunidad judía que están verdaderamente comprometidos en elevar los niveles de bienestar y en tratar de paliar la pobreza que sufren parte de los mexicanos. No lo haré por el temor a olvidar a algunos que conozco y especialmente por no dejar de mencionar a aquellos muchos que no conozco y que aportan en gran medida al país que los recibió, que les ha dado la oportunidad de trabajar, de hacer fortuna y que, lejos de rechazarlos, los considera como uno más.
La patanería mostrada por Sacar Smecke ofende al agredido, nos ofende a los mexicanos y de manera especial ofende a la comunidad judía en México, ya que la mayor parte de ellos están lejos de comportarse de ese modo.
Y además, porque al agredir y ofender de tal manera a un mexicano comete, en esencia, abusos similares a aquellos por los que sus antepasados fueron acogidos en México: prepotencia, discriminación, intolerancia...
Los mexicanos merecemos no la disculpa del energúmeno, que valdría de poco ya que lo hace para evitar las sanciones por su conducta, sino un posicionamiento concreto ante estos hechos de la comunidad judía establecida en México. Imaginemos cuál habría sido la reacción de esa comunidad si el ofendido hubiera sido uno de ellos.
Los mexicanos necesitamos tener más conciencia de nuestra dignidad, de nuestros derechos y de que somos parte de una sociedad que reacciona de inmediato cuando alguno es ofendido. |