Hoy amaneció con la noticia que salió el sol otra vez. El frío se fue y llegó la luz. Es lo bueno de los cambios, que siempre se hacen notar. La vida es igual, como lo recalca el pensador Séneca a quien he citado antes. La vida es un cambio constante como bien decía el filósofo Heráclito al referirse a la constancia del tiempo.
Sin embargo, los cambios que siempre son buenos, a veces son tristes. Me pongo a pensar en los jóvenes. Ayer vi una película en que un actor se quejaba de su edad y recordaba cuando tenía 20 años. Su argumento era que a los jóvenes no nos importaba la vejez, mientras no estuviéramos cerca de ahí. Creo que en cierto sentido, esa respuesta es por lo general aceptada. Nadie quiere sentirse viejo ni en desuso. A todos nos han enseñado a estar en la punta de la sociedad, innovando, creando, trabajando, sintiéndonos vigorosos y útiles. Nos han enseñado que somos como unas máquinas que con el tiempo se tienen que ir actualizando—tal cual una computadora—con los mejores programas y los antivirus en boga del mercado, para no perder nuestro lugar en un tren que cada vez avanza más aprisa y con menos lugares. Es un frenético correr por la vida con un dolor de pecho por tanta presión.
Pero han de saber, que antes, según cuenta la historia, era distinto. La historia nos lo muestra: nuestros ancestros proponían a los viejos como los sabios. Los griegos en el areópago y los aztecas en su pirámide social, tenían a los viejos en un lugar privilegiado. Antes que ser un objeto en desuso gradual, eran como un vaso de vidrio, cada vez más llenos del agua de la sabiduría. Eran un tesoro bien guardado, idóneos para pedirles consejo y para dirigir al pueblo. Tenían, a pesar de la edad, una cosmovisión que ya no tienen hoy los nuevos dirigentes que estudian en el extranjero y que se proponen ver donde nadie ha visto y encontrar donde nadie ha encontrado.
Sí que los tiempos han cambiado. Hoy como un favor, el gobierno ha creado institutos para los “adultos mayores” a quienes antes con respeto llamábamos ancianos, para que tengan al menos un lugar de encuentro. Las casas han dejado de ser aptas para un viejo que ya no puede subir las escaleras y además, aquéllos que quizá hasta tuvieron una amplia preparación académica les “permiten” embolsar la compra en los supermercados. Alguien me comentó que se encontró a un anciano que fue su profesor en la secundaria, precisamente embolsando artículos en uno de esos supermercados, y no supo qué hacer. Sintió pena por él y por una sociedad tan injusta que no ha logrado darles los elementos económicos y de todo tipo para que disfruten de una vejez plena, gratificante.
Hoy todos somos meros instrumentos de una forma de vida a la que llamamos “de libre mercado”. Una forma que discrimina a los que no tienen y que no voltea a ver las necesidades de un ser humano, sino a los caprichos del consumismo. Esa sociedad ha volcado a sus integrantes en una carrera interminable que no lleva a ningún lado, y de paso ha olvidado elementos importantes para su subsistencia: la familia, los niños, los valores, los ancianos.
Con los ancianos olvidados, se nos van los libros leídos y meditados, las experiencias, las historias y los cuentos que no están documentados en ningún lugar. Ellos se llevan una historia que, de no contarla, ya jamás será conocida. Y tal vez con el tiempo nosotros vivamos la misma historia. Seremos viejos y alguien también nos despreciará, alguien que nunca ha pensado que llegará a viejo, al igual que nosotros quizá no lo pensamos.
Quise tomar este tema precisamente hoy 5 de febrero, día de la promulgación de la Constitución de 1917, y además día en que falleció mi bisabuela doña Concha Díaz de Serrano, oriunda de Nazas, Durango, y promotora de una vida alegre y llena de familia. Una mujer que pasó por tres siglos: nació en 1897 y tuvo oportunidad de saber lo que se siente inaugurar un tren o encender un foco por primera vez, pero además de tener la experiencia de ver por primera ocasión una transmisión televisión y que llegó hasta a saber que sus tataranietos se escribían y platicaban ayudados por su “cuenta de meil”.
Siempre muy querida por todos nosotros, vivió muchos años. Más de los que cualquiera quisiera vivir, pero ella los vivió porque siempre fue la parte fuerte, integrante de la familia Serrano. Hasta donde esté, un homenaje a ella, y a todos los viejos que se van, esperando volvernos a encontrar. |