“…si no hay especies, no hay ciencia…”
Me gusta estudiar. Los estudios le dejan a uno ver cosas que antes aparentemente no estaban ahí. Un puñado de rayas con puntos sobre papel, para un analfabeta son precisamente un estorbo a la vista. Para quien sabe leer, eso puede significar una poesía o una carta con una buena noticia. Estudiar abre los ojos de adentro.
En estos días de tanta revoltura (me acordé de esa palabra porque cuando niño y me iba de vacaciones al rancho de la abuelita, daba de comer a las gallinas una combinación de semillas molidas a la que llamábamos revoltura). Y es precisamente una revoltura, una combinación de verdades y mentiras a medias, la que se vive hoy en día y que tiene confundidos a unos, preocupados a otros y contentos a algunos.
La reciente aprobación de formas legales de sociedad humana entre personas del mismo sexo es una de esas verdades a medias que de alguna manera distorsionan la realidad y las leyes que nos han venido rigiendo por milenios. No por casualidad, esas leyes siguen vigentes. La Ley Natural de Tomás de Aquino, que se basa principalmente en Aristóteles, argumenta que el ser humano puede descubrir en su propia esencia principios morales. Es decir, que van inherentes a la vida humana.
Se le llama Ley Natural, porque se refiere a un grupo de principios morales que se derivan de la misma naturaleza humana. Las leyes físicas, como argumentan otros, no tienen que ver. Esto me recuerda al chiste que habla sobre un cadáver. El comandante preguntaba al sargento la causa de la muerte (los tres, el cadáver, el sargento y el comandante estaban en el lugar del crimen) y el sargento le contesta que ha sido muerte natural. Al revisar, el comandante se da cuenta que el cadáver tiene 30 orificios de bala calibre .45, por lo que reprocha al sargento: ¿No que este hombre había muerto por causas naturales? Y el sargento responde: Si mi comandante, con tanto balazo, era natural que muriera.
Así pues, la nuestra es una era de “conceptualismos” que con un argumento más o menos convincente, que no verdadero ni científico, redundan en usos humanos que tergiversan las realidades lógicas humanas, haciéndonos caer en una especie de sociedad decadente.
Algunos países de Europa son muestra de esa decadencia que incluso los ha obligado a “importar seres humanos” para que tengan niños y sigan jugando en sus parques y para que sus padres sigan trabajando en sus fábricas.
Por otro lado, existen ciudades, donde legalizar las drogas, promover la homosexualidad y el aborto, les ha provocado otros males mayores como el incremento en suicidios, crecimiento exponencial en las enfermedades de transmisión sexual, pobreza, marginación social, obligando a los gobiernos a destinar mayores presupuestos para estos temas, que bien podrían dedicarse a la investigación científica y a la educación.
Las formas legales para atentar contra la vida de seres indefensos, cuyos argumentos se basan, como el de las sociedades de convivencia hoy mal llamados matrimonios, en un concepto de libertad que podríamos llamar erróneo. Son también una muestra más de ese conceptualismo y esa decadencia humana que empobrece la vida social.
Sin embargo, este conceptualismo y esta sociedad decadente, es en gran parte, la desinformación escalonada que se ha dado en las últimas décadas. Desde cineastas con propuestas relativistas, hasta políticos que han abanderado subculturas nocivas para la vida común, pasando por todo tipo de líderes de opinión que han sido las banderas de grupos que han buscado un lugar en la sociedad. Estos “logros” en las leyes para abortar y casar personas del mismo sexo, no se sustentan ni en la ciencia, ni en la razón, sino que se fundamentan en la presión de grupos.
Pienso en aquellos filósofos que se referían al idealismo como: ese lago tiene el agua verde, y sino, peor para él. Es decir, que la realidad debe adaptarse al pensamiento y no justamente al revés. Ahora pues, los políticos responden a sus propias limitaciones humanas y a las presiones de terceros para hacer de la sinrazón una ley, una ley que no tiene razón de ser desde el principio. No responden al llamado que la democracia exige: el poder del pueblo para el bienestar del pueblo. El político no se dedica más a buscar lo que es mejor para la sociedad, sino lo que le presionan a hacer. Hoy se requieren políticos que tengan los pantalones bien fajados. Bueno y las faldas pues, digo por aquello de la equidad.
El político no se dedica más a buscar lo que es mejor para la sociedad, sino lo que le presionan a hacer.Por eso, me atreví a mencionar a Tomás de Aquino, para decir que a pesar de los casi 700 años que han transcurrido desde aquellos dictados filosóficos que se refieren a la ley natural, siguen vigentes, pero como el adagio popular versa: no hay más ciego que el que no quiere ver, me permito comentarle este tema.
Aunque es un tema espinoso por lo político y manoseado, es necesario decir la verdad. Las diferencias están a la vista. El principio primario de la ley natural dice: debemos hacer siempre el bien y evitar el mal. Para hacer el bien, hay que estudiar, porque el bien se entiende como aquello que perfecciona o mejora a la naturaleza humana. Si la perpetuación de la especie humana es una característica particular para su perfección, ya que dada dicha perpetuación perfecciona la existencia, si no hay perpetuación no hay existencia y por lo tanto la perfección humana quedaría de sobra.
Tomás de Aquino era un tipo listo. Este primer principio de la ley natural es evidente en sí mismo. No necesita ser probado. Es cierto por definición y tan pronto lo entendemos, estamos de acuerdo. De este principio se derivan todos los demás.
Este filósofo toma una lista de bienes que considera básicos para cumplir el principio que he citado antes: el bien primero es la vida para lo cual hay que preservar la salud, procrear y educar a los hijos; la amistad; el conocimiento y las creencias religiosas. Si nos asomamos a la realidad, hay en la actualidad una lucha paralela para quitar de la lista de bienes importantes todos los anteriores. Luchas proabortistas, matrimonios del mismo sexo, confusión en lugar de conocimiento, costumbres consumistas que afectan la salud, tendencias egoístas contra la amistad y una indiferencia a las creencias religiosas tachando a los creyentes de alguna religión hasta de “conservadores, obsoletos, pasados de moda”.
No le quiero tocar el tema de Dios, pero cabe mencionarlo porque hoy hace mucha falta. Me acuerdo de esa canción de Fernando Delgadillo que dice algo así: ¡Cómo ha hecho falta en nuestros días, un capitán, un héroe, una señal, y no veo más que extrañas pistas de cosas que se pierden en el mar! La verdad no hace falta; ahí está ese héroe, pero últimamente está muy descuidado.
Estimado lector, el asunto de la vida, de los matrimonios entre personas del mismo sexo, no es una guerra sin fusil entre bandos contrarios. Aquel que piensa que hay que matarlos a todos, cae en el mismo pragmatismo tan barato como quien argumenta “el mal menor” para justificar el aborto. Todos los seres humanos tenemos una dignidad respetable.
Mas bien nuestra labor es seguir educando a nuestros hijos, mostrándoles la verdad de la recta razón, enseñándolos a discernir sobre lo bueno y lo correcto contra lo que está de moda. Nuestra labor es una interminable escuela, no contra nadie, sino a favor de las cosas, aptitudes y valores que nos hacen mejores. |