En la polémica por las alianzas políticas sólo hay que preguntarse si, como alegan sus detractores, son válidas o si, como reviran sus promotores, funcionan para tener gobiernos más eficaces y democráticos. Veamos la primera y el viernes la segunda.
Que las alianzas son un recurso natural en política es algo que —desde un punto de vista programático, principista, ideológico o estético— no tiene sentido discutir porque su justificación es, sencillamente, la de convertirse en un mecanismo más en la disputa por el poder. Como tal, entonces, son legítimas y, por tanto, más que enjuiciarlas hay que explicarlas con pragmatismo.
Tras su derrota en el 2000 muchos aseguraron que el PRI estaba llamado a vivir la noche de los cuchillos largos, a disolverse en facciones y a desaparecer. El pronóstico falló. Contra lo imaginable, ese partido empezó a reponerse primero en las elecciones locales y luego en las federales.
Por ejemplo, de las 34 ciudades de más de 500 mil habitantes en el país, sin contar al DF desde luego, el PRI gobernaba en 2000 sólo tres y en 2009 más de la mitad. Volvió a ganar en entidades emblemáticas del México moderno como Querétaro, Nuevo León o Chihuahua; recuperó, tras 12 o 15 años gobernados por el PAN y el PRD, municipios como Aguascalientes y Mazatlán, toda la zona metropolitana de Guadalajara y la mayor parte de los del Estado de México, y se alzó con la mayoría en las legislativas de 2009.
En consecuencia, la probabilidad de un retorno del PRI a Los Pinos en 2012 es algo que para el antipriismo sociológico y para el resto de las formaciones partidarias resulta inaceptable al menos por dos razones.
Por un lado, como sugieren las encuestas del 2000, si fueron los ciudadanos “urbanos, clasemedieros y más educados” quienes principalmente votaron entonces contra el PRI y paladearon la “autosatisfacción” de haber realizado casi una gesta heroica, intuir ahora que podrían volver al poder los mismos a los que echaron, no es un dilema cívico sino una afrenta emocional, un golpe al ego de un segmento social (incluida la comentocracia capitalina) que cree ser el más pensante y que, por ende, debe impedir esa hipótesis.
Y, por otro, tras la rapidez con que el PRI aprendió a digerir deserciones, a procesar combates intestinos, a incrementar clientelas y hacer una distribución estable del poder regional, el PAN, el PRD y los ex priistas temen que una derrota los barrería del mapa político.
Ante tal escenario, la alianza de una porción del electorado, algunos intelectuales orgánicos y los demás partidos para cerrarle el paso al PRI no es una entre varias alternativas, sino la única. Dicho con realismo: es una plataforma para la sobrevivencia, con todo lo que ella supone: cargos, recursos y poder.
Si engendran mejores gobiernos es otra cosa. Recuérdese que la política hace extraños compañeros de cama pero Groucho Marx matiza: no es la política, sino el matrimonio, el que los hace extraños.
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