En estos veinte años los resortes emocionales de los electores chilenos también cambiaron. Cuando la Concertación gana en 1989, con el 55% de los votos, o en 1993, con el 58%, el electorado sabía que su voto todavía tenía un fundamento histórico y una orientación política de la mayor importancia para normalizar al país luego de años de gobierno militar.
Los votos por Patricio Aylwin, Frei, Lagos o Bachelet fueron votos en favor de la recuperación democrática, la modernización, el crecimiento, el desarrollo social y la inserción en el mundo.
Pero en 2010 esa tarea ya estaba hecha y los temas de la agenda ciudadana se centraron en un conjunto de preocupaciones directamente asociadas a la vida cotidiana de personas y familias más que al pasado reciente. La oposición interpretó correctamente esta nueva sociología electoral y elaboró un programa sencillo, sin demasiadas ideas, construido a la medida del estado anímico de ese electorado y fácilmente comunicable.
Al margen de la coyuntura económica, Chile ha mudado notablemente y ello se refleja de muchas maneras: entre ellas, el surgimiento de una porción del electorado escéptica frente a los partidos, las ideologías y las formas tradicionales de hacer política, una ancha clase media que aspira —y a veces no puede o puede menos de lo que quisiera— a ascender en la escala social, y que es ahistórica, insatisfecha, individualista, más compleja en sus juicios y opiniones.
Dicho de otra forma: como suele ocurrir en muchos países de desarrollo alto, el crecimiento económico y del ingreso o la consolidación democrática ya no son valores tan decisivos en una franja del electorado que posiblemente hizo la diferencia.
En tercer lugar, no existe un consenso acerca de la verdadera correlación entre los niveles de aprobación que tiene un gobierno y el sentido en que el votante emite su preferencia, aunque tiende a pensarse que, en general, influye más cuando esa tasa es negativa que cuando es positiva. Si, como pasó en Chile y ocurre con frecuencia, la gente elige por personas y no por ideologías ni partidos, sabe entonces que, aun si militan en las mismas siglas, el presidente y el candidato son personas distintas: no se da un proceso automático de mímesis.
Algo así le pasó a Eduardo Frei. Aunque hizo una buena presidencia, Frei terminó su gobierno con una aprobación apenas superior al 30%, mientras que Bachelet alcanza casi el 80%. La simpatía natural, la biografía familiar, el género o los éxitos en política social de la actual presidenta contrastan con el estilo adusto y poco atractivo de un candidato concertacionista, bien visto sin duda pero que no es Bachelet ni son los años ochenta o noventa. Los chilenos aplauden a su presidenta pero desean probar otra cosa
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