El poder, y la legitimación del mismo, son conceptos que han estado presentes en la sociedad humana desde las formas más incipientes, hasta las más complejas.
En sus orígenes, encontramos conceptos básicamente derivados de necesidades primarias, como la supervivencia y la seguridad, que fundamentalmente descansaban en la mera fuerza bruta de un individuo o de un pequeño número de personas, que garantizaba los anhelos de la mayoría de los componentes del grupo.
Conforme fue evolucionando el concepto de sociedad, el correspondiente de poder también lo hizo, ya que la simbiosis es evidente y la evolución de uno, provoca la del otro.
La formación de élites es un resultado natural de la transformación y complejidad de las necesidades de los grupos sociales. Es así como se originan los distintos tipos de poder, que de modo simple podemos catalogarlos según el área de procedencia e influencia. De esta manera tenemos el poder militar, el económico, el religioso y por supuesto el político. No es la intención agotar con ellos la amplísima variedad que existe, únicamente es a modo de ejemplo quizá de los más relevantes.
El Estado tiene su razón de ser en la necesidad de vivir con orden y seguridad, conceptos que pueden diferir entre los miembros del grupo social, sea individualmente o en pequeños colectivos. La necesidad de uniformar las maneras de pensar, buscando el bien común, conduce a elegir a una persona o a un grupo de ellas, para que les dirija en la consecución del fin deseado. En este caso, el poder es otorgado por consenso sea absoluto o mayoritario; luego, la existencia, al menos en un inicio, está legitimada. Pero la permanencia de esta legitimación se debe ganar con las acciones diarias, mismas que están obligadas a la transparencia y congruencia con el mandato recibido.
Para el objetivo buscado en este escrito, me referiré únicamente a dos tipos de poder, el político y el económico. El primero de estos es el relativo a la capacidad de tomar acciones y decisiones, que buscan simultáneamente el bien social y la imposición de la voluntad de unos pocos a unos muchos, y de manera más o menos legítima, a través de los mecanismos legales existentes.
El poder económico tiene su sustento en la posesión de bienes y riquezas, y no se diferencia del político mas que en los medios para imponer su voluntad a la mayoría. De esta manera, vemos que ambos buscan actuar e influenciar a la sociedad, con el supuesto de que de alguna manera más o menos clara persiguen un beneficio, que no siempre es para la sociedad, y desafortunadamente, con la sospecha de que miran más para ellos como minoría, que para la colectividad.
En el caso de una democracia, por imperfecta que sea, el poder de un gobierno, aunque sea débilmente, puede considerarse como de derecho, ya que supuestamente representa el sentir de la mayoría. Conforme se adquiere una mayor democracia, la legitimidad se incrementa, pero siempre estará presente que ésta debe conservarse con las acciones de gobierno cotidiano.
Los dos últimos gobiernos federales del Partido Acción Nacional han accedido al poder con distintas procedencias. El primero, el del señor Fox, es irrefutable en cuanto a resultados en las urnas. Nadie lo pone en juicio, pero sus acciones en su período, a muchos dejaron con ciertas dudas acerca de la legitimidad de su actuar. Sobre todo, por su poca prudencia y falta de tacto como estadista. Recordemos el “comes y te vas” aplicado a Fidel Castr; enorme pifia que mostró su poca habilidad como diplomático.
En el caso del actual presidente, el señor Calderón, es de todos conocida la sospecha de la legalidad de su investidura, al grado que los partidos de izquierda lo califican como “presidente ilegítimo”. La duda originada por el muy escaso margen por el que ganó, permanece en la obscuridad e indefinición del campo de las autoridades electorales y en el resbaloso de la estadística. Por ello se puede decir que su legalidad como mandatario existe, aunque en cierto modo manchada. Sin embargo, las medidas de gobierno me permiten poner en un cierto grado de duda acerca de ella. Como ejemplo, citaré el incremento de millones de pobres, las enormes disparidades en la distribución del ingreso y por no hacer la lista larga, terminaré con la gran explotación de la sociedad mexicana que llevan a cabo las empresas monopólicas, o en el mejor de los casos, oligopólicas. La referencia va desde el monopolio de la CFE, pasando por los bancos, casi todos ellos de propiedad extranjera, y que exprimen a los ciudadanos a placer y quizá hasta con la complacencia de las autoridades federales y terminando con el duopolio de las dos enormes cadenas de televisión, que dictan conductas y comportamientos a su poco fiable criterio, que en ocasiones puede calificarse de inmoral. Basta con ver sus series o telenovelas.
La legitimidad se adquiere una vez, pero se debe conservar a lo largo del mandato, y según parece ser, al Presidente no le está yendo muy bien en eso de conservarla. Aún tiene dos años para demostrar que su obligación es con la ciudadanía y no con el gran capital. |