Este tópico a menudo se presenta en la opinión pública. Es motivo de foros, declaraciones de las autoridades, punto de toque para algunos políticos y a veces hasta los padres de familia se pronuncian a favor. Sin embargo, todos o casi todos, parecen desconocer lo que esto significa y por lo tanto el alcance de la educación y sobre todo el de la buena educación. Antes que nada, habría que señalar a qué tipo de educación nos queremos referir, porque al menos encontramos la necesaria para formarse como persona, la requerida para convivir en sociedad y la ineludible para desempeñarse eficazmente en el campo profesional.
La primera, o sea la que busca hacer un ser humano integro, es únicamente proporcionada en el hogar, con la transmisión de valores de forma vivencial, es decir, la convivencia familiar dentro de un marco de respeto a cada uno de sus integrantes, con sus respectivas obligaciones y sentido de solidaridad.
Si a lo anterior le añadimos un código de conducta con referencias religiosas, lo menos que podemos esperar es una persona que respetará y colaborará en su círculo primario y con altas probabilidades que así se comporte en sociedad y en su trabajo. La adquisición de principios y pautas de conducta adecuadas para la vida en comunidad, evidentemente proviene de su experiencia familiar, que vendrá a ser reforzada o en ocasiones modificada, por las circunstancias de su entorno. Rara vez los hábitos adquiridos en el circulo familiar pueden ser radicalmente cambiados, ya que de una u otra forma las personas tienden a socializar con semejantes a ellos y así convertirse en grupos de opinión influyendo a otros, con lo que pueden marcar un rumbo.
Por último, tenemos a la educación para el trabajo, que está llena de conocimientos y técnicas específicas de clara aplicación para tal o cual área de actividad. En los desafiantes tiempos de globalización que hoy día corren, esta educación parece haber desplazado a las otras dos, pretendiendo verlas como humanistas y muy en segundo plano. Lo importante es el dominio de la tecnología y su aplicación a procesos comerciales o industriales, todo en aras de una competitividad que parece haberse constituido como el único y valedero objetivo a alcanzar.
En lo que yo he leído y escuchado sobre la necesidad de incrementar la calidad de la educación, cualesquiera que fueran las fuentes, hasta ahora nunca he escuchado sino exigencias en la dirección de los conocimientos técnicos, entiéndase matemáticas, computación, etc. Todas estas agrupaciones o personas que se han manifestado en el sentido de la mejora, desde mi punto de vista adolecen de una visión integral del ser humano, por lo que sus planteamientos tienen una cierta carencia que los convierte en estériles, a pesar de su buena intención.
Estoy convencido de que una persona de alta competitividad y digna de desenvolverse a nivel global, es bastante más que un técnico. Es primeramente una persona íntegra, conciente de su papel en la vida y de su responsabilidad para con la sociedad. Esto no lo da la universidad ni un tecnológico; esto se adquiere en la familia y de ella se difunde vía el cotidiano actuar de sus miembros. Por lo tanto, es ahí donde debe incidirse en los aspectos formativos. De nada sirve contar con excelentes centros educativos, si antes no se tienen excelentes personas.
Hoy día, la familia se encuentra bajo un continuo ataque. Pareciera ser que se tiene el objetivo de destruirla, aduciendo que el concepto es arcaico y por lo tanto obsoleto. Afirmo esto porque no basta más que ver las series y programas del llamado “canal de la familia” para ver que el adulterio, el engaño y otras monerías de ese tamaño se presentan como algo normal, y casi diría, que como algo deseable, puesto que da tono, ya que estas cosas suceden en familias de alto nivel económico y pretenden representar algo imitable.
Por otro lado, la laxitud de las familias y fácil aceptación de dichas pautas de conducta vienen a hacerles la labor a tan funestos seriales televisivos y a sus patrocinadores. De qué sirve el fanatismo religioso mostrado en ciertas fechas, ridícula caricatura de fe, si no se observan los principios básicos de la religión y se olvidan las buenas costumbres, el respeto y el amor al prójimo que empieza con uno mismo. |