Es cosa muy común que en estos días tengamos a mañana, tarde y noche, un incesante bombardeo de loas a los héroes de la Independencia. El proceso oficial para convertirlos en semidioses ha usado todos los medios a su alcance para imbuirnos tal concepto en las personas de Hidalgo, Morelos y muchos otros más.
Hay que comprender que la legitimidad y sustentación de los gobiernos que el país ha padecido, sobre todo a partir del Siglo XX, descansa en su identificación con estos líderes sociales. Pero aún más nos espera en breve. No perdamos de vista que en noviembre se conmemorará la Revolución de 1910, con todo lo que esto significa de festejos, actos cívicos y vistosos desfiles y engorrosos discursos de corte patriotero.
Estamos acostumbrados a los héroes mártires y asociados a hechos sangrientos, normalmente referidos a cruentas batallas y estruendosos hechos, lo que ayuda a su fácil venta en el campo de la política. Sin embargo, existe otro tipo de heroicidad que normalmente pasa desapercibida, porque es callada y poco vistosa, pero que es verdaderamente digna de alabarse cuando se descubre, cosa que no siempre ocurre y únicamente es valorada por el Señor. Tal es el caso de una persona de la que casualmente me enteré en días pasados y que bien se merece revivir la epopeya que vivió y más que nada, el enorme bien que hizo.
La heroicidad es desinteresada y mira por el bien de los otros antes que por el propio. Lo hecho por Irena Sendler con mucho rebasa estos conceptos. Nació y murió en Varsovia, Polonia, (1910-2008). Su profesión era la enfermería y fue educada en un hogar de profundas convicciones católicas, en el que recibió, según sus propias palabras, la enseñanza de “que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”.
Cuando Polonia fue invadida en 1939, al inicio de la II Guerra Mundial, Irena se encontraba trabajando como enfermera en labores de asistencia comunitaria en especial a los pobres, independientemente de su religión.
Conocida es la tremenda discriminación y afán destructivo que los nazis tuvieron hacia los judíos, a tal grado que en la Polonia ocupada, y en 1942, crearon un barrio específicamente donde hacinarlos. La palabra que ha trascendido es la de Ghetto, con todas sus connotaciones de horror y dolor.
Dadas las infames condiciones de vida de los judíos, la facilidad para que brotaran enfermedades infecciosas y con ellas una pandemia, era fuente de gran preocupación para las fuerzas de ocupación alemanas, razón por lo que Irena se dedicó con la anuencia de dichas fuerzas a trabajar en el Ghetto para prevenir y curar a sus habitantes.
Las condiciones de vida de estos recluídos la impactaron y luchaba continuamente por mejorarlas, pero cuando comenzaron las deportaciones masivas, que incluían a niños, hacia los campos de exterminio, lo que significaba la muerte irremediablemente, se decidió a rescatar niños. Para tal cosa ideó múltiples estratagemas, desde sacarlos como enfermos de tifus, escondidos en infinidad de formas y hasta como cadáveres con antecedentes infecciosos.
Esos niños eran entregados a familias católicas, a conventos o orfanatos para niños polacos. Lo anterior corresponde al campo de las acciones osadas, pero lo verdaderamente genial era la forma en que conservaba los datos de origen y depósito de los niños, datos que guardaba en pequeños frascos y enterraba al pie de un árbol de manzanas. Eventualmente fue descubierta, capturada y sentenciada a muerte, a la cual escapó por misericordia de un soldado alemán o por soborno, se ignora.
Al término del conflicto, Irena entregó las listas con los nombres de los niños a un Comité que coordinaba la ayuda a los judíos sobrevivientes de la guerra. Al paso de los años, su labor fue reconocida por el gobierno polaco y a resultas de una fotografía publicada en un periódico polaco, comenzó a ser reconocida y continuamente homenajeada. El estado de Israel le otorgó el reconocimiento de “Justa entre las naciones” y le dio la ciudadanía israelí, máximas distinciones que ellos otorgan.
Merecidos esos reconocimientos, pero menores que el cariño y agradecimiento de los más de 2,500 niños que ella salvó y sobre todo el reconocimiento de justa ante los ojos del Señor.
La historia de Irena Sendler es un ejemplo de heroína, que antepuso el bien de los demás a su propia seguridad, demostrando una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios, para conseguir sus objetivos.
Esta es la clase de héroes, que si bien pueden ser no muy lucidores a ojos humanos, tienen un brillo que sin duda los convierte en ángeles del Señor. |