Por Carlos Fonz
Luego de ausentarme por algunas semanas de este espacio, de nuevo por cuestiones de viajes profesionales, retomo el hilo de nuestras conversaciones sobre temas familiares. Quiero tocar ahora el tema del trato de padres y madres de familia para con sus hijos, especialmente cuando se da la circunstancia de preferencia por alguno o alguna.
En primer lugar, debo decir que es normal y natural que con algunas personas tengamos mayor empatía o simpatía que con otras; esto nos sucede en la vida de negocios, y en la relaciones de amistad, ya sea porque tenemos más intereses en común con aquella persona, porque su nivel de urbanidad o de educación esté más próximo al nuestro, o por cualquier otro motivo.
Pero si en la empresa resulta inconveniente manifestar una preferencia por alguna persona, ya que se distorsiona el ambiente de trabajo y de colaboración, las consecuencias serían grandes de presentarse en una familia.
Al igual que pasa con los colaboradores, puede darse el caso de que tengamos mayor afinidad de carácter, o de intereses con alguno de los hijos. Pero esa simpatía natural no debe llegar a ser evidente, ya que puede ocasionar molestia en los hijos que no son beneficiados con la simpatía de su padre o de su madre y que se traducirá en preferencias, en encargarles las tareas menos pesadas, en exagerar el afecto con uno mientras se le regatea a otro.
Si hubiera en la familia una evidente situación de preferencia, el cónyuge más ecuánime debería hacérselo ver al otro ya que en casos muy marcados puede causar recelos y distanciamiento entre hermanos, que de no corregirse a tiempo, darían al traste con la armonía y la paz en el hogar.
Los padres tenemos una responsabilidad que va mas allá de ganarnos la simpatía de los hijos. Es cierto que debemos ser sus amigos, pero sin perder de vista que es más importante ser su madre o su padre que su amigo, ya que amigos podrá tener muchos en la vida en tanto que padre o madre solamente tendrá uno.
Cuando se reflexiona en la grandeza de la responsabilidad de ser padre o madre de una persona, las simpatías y empatías pasan a un segundo término, ya que está en primer lugar la responsabilidad de hacer de ellos personas libres (de sus caprichos, de sus temores, de sus inseguridades, de sus defectos y egoísmos) para que sean felices.
Si la empatía o simpatía con uno de los hijos tiene como consecuencia el liberarlos de tareas y de responsabilidades en la casa, o no corregirlos cuando haya motivo, o en el peor de los casos hacernos cómplices de sus defectos, pobre favor le haríamos al consentido o a la consentida con ese cariño mal entendido.
La exigencia, la atención personalizada, la obra de artesanía que hacemos con cada uno de ellos implica quererlos, pero no quererlos a secas solamente, sino quererlos cada vez mejores: mejores estudiantes, mejores hermanos, mejores hijos, mejores ciudadanos, en una palabra mejores personas.
Otra cosa es tener diversas manifestaciones de cariño con cada uno según el carácter de cada uno. Ni siquiera eso se debe dar a granel, sino en la dosis, en la manera, en el momento que a cada quien le venga mejor.
Siempre se ha entendido que el amor de los padres nos debe llevar a tratar de manera diferente a cada uno de los hijos, ya que cada uno es diferente. Eso lo entienden y lo valoran los hijos. Pero manifestar preferencias evidentes sería una tontería que pudiera tener consecuencias y generar resabios entre ellos. |