Dr. Marco Antonio Paz Ramos
Director del Programa Académico de Ingeniería Electrónica
Colaboración de la Universidad Politécnica de Aguascalientes
Una Universidad en medio del desierto
En verano de este año abrió sus puertas la Universidad de Ciencia y Tecnología King Abdulla (KAUST por sus siglas en inglés) en Arabia Saudita, perfilándose como la universidad más rica y prometedora del Medio Oriente (incluso con el potencial de convertirse en una de las más importantes del mundo).
Arabia Saudita ha apostado a lo grande en educación. Un reporte del Banco Mundial indica que este país invirtió cerca de la tercera parte de su presupuesto en 2003 en educación. Uno de los rubros más relevantes de esta inversión es precisamente KAUST. Es evidente que los saudíes son los primeros en reconocer que el petróleo no les durará por siempre.
Para darnos una idea del nivel de compromiso de los gobernantes saudíes con el desarrollo de esta Universidad, habrá que hacer mención por ejemplo de la computadora que se mandó a construir para KAUST (ex profeso con IBM). Es hoy por hoy la 14ava computadora más potente del mundo. Pero además, el proceso de reclutamiento de personal académico fue altamente globalizado y llevado a cabo por quienes también desarrollaron para KAUST el diseño curricular, nada menos que la Universidad de Cambridge, el Imperial College de Londres, la Universidad de Berkeley y la Universidad de Stanford.
La generación inicial de esta Universidad está constituida principalmente por chinos, mexicanos (¿?), saudíes y norteamericanos (estos últimos optando por esta Universidad por encima de otras en su propio país). ¿Cómo consiguió KAUST una población tan diversa? La respuesta es fácil de inferir: con becas completas y una promesa muy grande de desarrollo.
Ante un ejemplo como éste, queda preguntarse qué pretende un país como Arabia Saudita “derrochando” el dinero en educación e investigación de esta manera. ¿Habrán oído algo por ahí que nosotros no?
Un hecho sucedido en México: ¿prisioneros de guerra o estudiantes?
En uno de los episodios vergonzosos de la historia de México, durante la Segunda Guerra Mundial, al declararle México la guerra a Alemania y pasar oficialmente a formar parte de las huestes del bando aliado, presionado por Estados Unidos, el gobierno mexicano tomo la medida de confinar en diferentes espacios del país a ciudadanos alemanes, italianos y japoneses que vivían y trabajaban en nuestro territorio, por el potencial riesgo que representaban para los intereses del bando aliado (al menos esa fue la versión oficial).
Incluso, algunos mexicanos de nacimiento, pero con ascendencia asociada a los países del Eje, fueron recluidos. La fortaleza de San Carlos en Perote Veracruz fue uno de los escenarios de estas reclusiones. Particularmente ahí se concentró una comunidad representativa de alemanes o descendientes directos de alemanes. Con el paso de las semanas y ante la inactividad, tomaron la iniciativa de impartirse clases los unos a otros sobre áreas técnicas que dominaban, tal como la electricidad y la mecánica. Incluso aquéllos que dominaban mejor el idioma impartieron clases de español a quienes no lo hacían, a la vez que hicieron uso intensivo de una pequeña biblioteca instituida en el fuerte y pasaron un tiempo significativo de la reclusión estudiando y aprendiendo.
Lo cierto es que pudieron decidir hacer muchas otras cosas diferentes y optaron por una poco probable, ponerse a estudiar. Es más improbable aún cuando uno observa el episodio a través de un prisma de cinismo actual, pues uno no puede escapar a pensar que después de meses de estudio y reclusión, nadie tuvo la gentileza de entregarles un “papelito” que hiciera constar qué cursos tomaron y de cuántos créditos constaron. Tampoco hubo institución u organismo público o privado que avalara dichos cursos. Ni siquiera hubo una ceremonia de graduación.
Tristemente hoy en día, más de uno juzgaría inútil aprender o estudiar algo si no se obtiene a cambio un documento probatorio del evento.
El aprendizaje significativo ha ido cediendo la prioridad a la comprobación certificada de la asistencia y a la conjunción organizada de evidencias de experiencias intra-escolares, que no necesariamente implican la adquisición o desarrollo de aprendizajes profesionales útiles.
La olla de pirita detrás del arcoíris
Hoy en día muchos jóvenes y sus familiares ponen su esperanza en una carrera universitaria como medio de tránsito a estratos socioeconómicos más elevados, lo que ha redundado desafortunadamente (quizás sin malicia) en una simplificación exagerada y anómala de esta esperanza: el título universitario.
El vínculo entre la formación y la práctica profesional está fracturado y corroído de mediocridadCasi todos hemos visto un comercial televisivo que expone cómo cierto médico que va a hacer una apendicitis no sabe dónde está el apéndice (bueno éste ni siquiera alcanza a cobrar conciencia del suceso, a no ser por la enfermera que le asiste durante el procedimiento). Luego presenciamos un flashback y se puede observar donde nuestro antihéroe está comprando un título de médico a alguien que en actitud no desmerecería ante el mismísimo Vito Corleone. No específica el comercial dónde, pero podemos asumir con un buen margen de confianza que se trata del Portal de Santo Domingo en la Ciudad de México (huelga decir que algún momento llegó a tener más visitantes que la propia Basílica de Guadalupe) y finalmente el comercial cierra con un enérgico “¡No te calles, alza la voz!”. De este comercial me confronta un hecho, en caso de ser posible un episodio de esta naturaleza: ¿Por quién y bajo qué premisa fue contratado un sujeto así?; ¿Fue acaso suficiente que enseñara el cuasi-talismánico título para que el empleador presuroso le pusiera un bisturí en la mano? De ser así, sin duda algo estamos haciendo mal.
Desafortunadamente, en una porción del sector productivo y social de nuestro país, el título se ha vuelto una especie de boleto de metro que se introduce en un torniquete para ingresar al mundo laboral. Algunas (por no decir muchas) empresas e instituciones dan un peso significativamente mayor a la apariencia, soltura y carisma de un candidato que a sus conocimientos y capacidades profesionales (esto sin mencionar otro tipo de prácticas que por decir lo menos, están muy alejadas de cualquier principio ético), lo cual ocasiona a su vez que el vínculo entre la formación y la práctica profesional esté fracturado y corroído de mediocridad, perpetuado en una ignominiosa e improbable complicidad entre instituciones educativas y empleadores.
No queda más que preguntarse: ¿Es una carrera universitaria el boleto para alcanzar el bienestar social y económico?, ¿Es válido que este boleto pueda ser únicamente el título universitario, entiéndase el papel? Si es así, entonces, ¿qué cosas serán consideradas validas para adueñarse de uno de estos codiciados boletos? |