Aguascalientes, MÉXICO
México parece ser un país de extremos. Del régimen semiautoritario pasamos a la democracia paralizante. De la economía estatista nos fuimos a la economía de monopolios privados. De la presidencia imperial a los virreinatos pueblerinos. Y del sistema corporativo a la simulación ciudadana.
El fenómeno es revelador de una grave corrosión. Ante la carencia de una ciudadanía plena —es decir activa, libre, compuesta por individuos, autónoma y fuerte—, han proliferado como hongos las organizaciones que, como escribí en estas páginas en otra ocasión, dicen representar a la sociedad, en lo que es más un síntoma de disolvencia que de construcción ciudadana y que ha terminado por producir una forma de delegación de ciudadanía que en muchos casos lucra con esta condición que nadie le ha otorgado ni por mandato ni por voto.
Pues bien, el nuevo conflicto generado, por los dineros y los privilegios, en la asociación autodenominada México Unido contra la Delincuencia no es sino la expresión más reciente de esa especie de usurpación.
Pongamos las cosas de la siguiente manera: como en este país nadie les cree a los partidos o sindicatos ni quieren militar en ellos; como los organismos empresariales son propiedad de las grandes corporaciones y de las burocracias que emplean para que las administren; como no existen organismos genuinos de la sociedad civil que cuenten con la legitimidad suficiente para gozar de una amplia autoridad moral e influencia social, entonces ha surgido una caterva de simuladores que llenan ese vacío y, de pronto, se inventan una agrupación que dice hablar a nombre de la “ciudadanía”, y con esa cachiporra recolectan fondos, consiguen invitaciones a los eventos de gobierno para perorar sobre seguridad o educación o transparencia o el voto blanco, viajan a cuenta del erario, llenan los espacios mediáticos con declaraciones sobre toda ciencia oculta y adquieren notoriedad para satisfacer su agenda propia.
A juzgar por las encuestas sobre cultura cívica o los resultados de las políticas públicas en que andan metidos, muchos de tales membretes hacen ciertamente ruido pero nadie sabe cuál ha sido su contribución concreta a mejorar las cosas o a construir una ciudadanía vibrante que haga una diferencia real.
El saldo es que terminan no sólo por suplantar a los ciudadanos de carne y hueso, sino que ayudan a reproducir los males por los que atraviesa la incipiente democracia mexicana: desafección por la política, desencanto, baja participación o nula confianza interpersonal.
Con esa simulación en la que incurren no pocas de esas agrupaciones, terminaremos pasando, diría Victoria Camps, de ser una democracia de electores a ser una democracia sin ciudadanos. Todo país fuerte necesita una ciudadanía fuerte, auténtica y activa, no una colección de simuladores que pretenden hablar en su nombre.
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